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El fin de la felicidad

Al llegar a Venezuela hace tres años abrí este blog. Lo bauticé en honor a Gabo, “Cuando era feliz e indocumentada”. El título tiene algo de nostalgia para el escritor y le hace juego a ese dicho tan venezolano: Cuando éramos felices y no lo sabíamos. Después de lo que sucedió la semana pasada, cuando miles de colombianos fueron deportados, (la xenofobia ha estado latente por años pero ésto es un cálculo electoral del gobierno) creo que la felicidad en Venezuela llegó finalmente a su fin, o ha quedado postergada, para esos colombianos y para mí.

No creo en patriotismos, no me siento más colombiana o menos por lo que les sucedió, no me siento herida en un orgullo nacional que la mayoría del tiempo carezco. Nadie me deportó, no me derrumbaron mi casa, ni huí por entre el río con lo poco que pude a cuestas. Pero escuchando los testimonios de estas personas, me reconocí en ellos porque he sentido también el peso aplastante de un país que aún se llama Venezuela pero ya no es el mismo.

Pudiera haber archivado estas fotos, como tantas otras que he ido acumulando en viajes periodísticos y se han quedado sin publicar. No soy reportera gráfica, tomo fotos para el recuerdo, para dejar constancia, para que mi memoria visual no me traicione cuando trato de escribir sobre los hechos. Pero esta vez he decidido compartirlas, junto con el testimonio del alcalde de Cúcuta, Donamaris Ramírez. Sus palabras las recojo porque cuando otro periodista y yo lo abordamos al borde del río, él estaba viendo y escuchando lo mismo que nosotros por primera vez. Y creo que en ese momento, mientras intentaba darnos una explicación como autoridad, trataba de explicarse a sí mismo lo que sucedía en una frontera que ya no era la misma.

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Adiós a los chéveres

Un venezolano chévere que va por el país, disfrutando sus bellezas y promocionándolas….” es la línea introductoria de Cheverito, un muñequito animado creado por el Ministerio de Turismo de Venezuela. El chamo, vestido con una gorra y sonrisa permanente, va acompañado en sus aventuras turísticas nacionales por Eco, una burbuja azul flotante, tipo Pepe Grillo, y un personaje clave porque es la “consciencia” de esta campaña de marketing para posicionar a Venezuela como “el país de la gente chévere”.

Eco le pregunta a Cheverito: “¿Qué significa chévere?” El personaje de comiquita se sale por la tangente y contesta que las playas, las montañas, los médanos, las ciudades y ciudadanos de Venezuela son “chéveres”, pero no define qué es eso de la “cheveridad” ni se declara él mismo como el perfecto ejemplo de quien posee esa cualidad. Pareciera que a Cheverito le cuesta asumir su mito identitario. Quizás es consciente que es el representante de ficción de un gobierno que quiere proyectar una imagen falsa y estereotipada de su gente, que en realidad puede que ya no exista.

Tomado de Las Aventuras de Cheverito Mintur Venezuela

Tomado de Las Aventuras de Cheverito Mintur Venezuela

En Venezuela está escaseando la gente chévere, además de la comida y los medicamentos. La falta de cheveridad, además, es algo contagioso. Se me ha pegado a mi y a otros amigos extranjeros que aunque no tengamos cédula, sentimos y compartimos las mismas penurias, dificultades diarias y experimentamos frustración. Entre todos nos irritamos, nos agobiamos con tanta quejadera, y vivimos o sobrevivimos en un ambiente tóxico, que se siente con más ahínco en los consultorios médicos, los bancos, los buses o en twitter. Ultimamente llevamos nuestras caras largas y voces de melodrama a los almuerzos, los cafés y escasos encuentros con amigos que con mayor frecuencia están terminando en desencuentros.

Creo que la única diferencia entre quienes nacieron aquí o llegaron a este país mucho antes y yo, es que no tengo que lidiar con ese sentimiento de nostalgia por ese tiempo pasado mejor que existió y que nunca me ha tocado. Y no creo que solo los opositores de clase media y alta sientan eso. Muy pocos chavistas, por más matriculados que estén con la Revolución, podrán decir que hoy viven mejor que hace cinco años. Las encuestas, aunque con otras palabras, muestran que gran parte ha asumido hoy esa actitud catastrofista de que todo puede empeorar, incluso en un país de rezanderos.

Lo curioso es que lo peor ya existía cuando llegué hace dos años. Venezuela ya era el país de los malandros que roban y cobran víctimas a punta de gatillo. La de un odio que parece irreconciliable entre chavistas extremistas y opositores radicales. La de las colas para entrar a un mercado sucio y desordenado donde a veces hay papel higiénico pero no hay desodorante o aceite. La del racionamiento de agua, de cortes de luz y atención al cliente inexistente. La de un servicio de buses insuficiente y vagones de metro a reventar de patanes que empujan al montarse. La de restaurantes que te ofrecen lo que tienen y no lo que quieren. La Venezuela donde aún hay vida, pero cada vez menos calidad.

A pesar de todo eso, y aunque soy perfectamente consciente de que la crisis económica y política se profundiza cada vez más, aquí he sido feliz. Obviando algunos incidentes personales, si no me dejo arrastrar por la presión de grupo y el negativismo de los demás, solo para no sentirme como una extraterrestre, la mayoría del tiempo lo sigo estando. Pero cada vez me siento más aislada, porque algunos de los locales y extranjeros que conocí cuando llegué y que me parecieron tan chéveres, inteligentes, abiertos, divertidos, emprendedores, luchadores, se han ido. Los extraño, pero extraño más a los que aún están aquí, pero están como ausentes.

Mi estrategia para sobrellevar la falta de cheveridad, propia y ajena, era escaparme por unos días a otro lugar. Pero ante la inflación y la escasez, hasta de puestos de avión para salir volando, se volvió insostenible. He optado entonces por otra alternativa: refugiarme. Al menos un par de horas a la semana me dedico a la literatura, el cine y la música, mis compañeros constantes, mis aliados de siempre. Los que serían incondicionalmente chéveres y nunca se irían de Caracas o Jartum. Gracias a ellos he aprendido últimamente a tomar distancia de los problemas del país y de tantos de sus habitantes, que sienten la situación nacional tan intensamente que la han asumido como si fuera personal. No puedo juzgarlos por hacerlo, cada quien escoge como lidiar con sus problemas.

Lo que yo no quiero hacer es seguir contribuyendo a la mala gana colectiva, participando en esta competencia por demostrar quién sufre más, que además creo que voy a perder siempre. No escribo esta entrada para convencer a nadie más de hacerlo o como recurso de auto ayuda. Lo digo simplemente porque ya es hora de decirlo. Abandono el juego lastimero, no el país. Y mientras esté aquí haré lo posible por no dejar que mi estado de ánimo sea la consecuencia de unas causas externas que no controlo, y sobre las cuales, además, como extranjera, jamás podré decidir o cambiar.

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Gabo, mi maestro surreal

Realismo mágico. Solo así puedo describir lo que he vivido desde que tomé la decisión de viajar a Venezuela a trabajar como periodista. En todo este tiempo, pero desde antes, Gabriel García Márquez me ha estado acompañando. Por eso su pérdida la he sentido en lo más hondo del alma y por él he llorado como si hubiera perdido a uno de mis grandes amigos.

Nunca lo conocí en vida, lo conocí en libros. Me lo presentó una de mis profesoras de español en el colegio. Tendría unos 11 o 12 años y como muchos de los que fuimos educados en Colombia, lo primero que leí fue su Relato de un náufrago. Tengo una memoria inservible para recordar lo que leo, lo cual en realidad es una ventaja porque puedo leerme el mismo libro varias veces y sorprenderme tanto como la primera. Lo que sí recuerdo, aún hoy, es que ese reportaje periodístico me hizo temerle al mar. Es justamente porque me sembró el miedo a quedar a la deriva que sé que Gabo no era únicamente un cronista. Era un señor escritor.

El amor en los tiempos del cólera me llegó un poco después y me enamoré de la idea del amor romántico. Sucedió justo cuando descubrí que uno de mis compañeros del colegio tenía el poder de acelerarme el corazón solo con mirarme desde su pupitre. Durante años suspiré por él, y fiel a ese espíritu romántico, nunca se lo dije de frente. Antes de graduarme del bachillerato, le dejé un mensaje en código que quizás aún no ha descifrado.

A Cien años de soledad lo encontré en el periodo más solitario y oscuro de mi vida. Sus páginas me permitían estar en el Caribe, en ese Macondo mágico y trágico, y no en ese horrible sillón de flores en el que me sentaba por horas a leer al lado de una ventana, a la que nunca le entraba suficiente luz. Ese libro era mi primavera y verano en medio de un otoño y un invierno interminable, y de un frío de muerte que sentía, adentro y afuera.

En cambio la Caracas que conozco es un derroche permanente de energía. Así también lo percibió él cuando dijo que le gustaba “su locura sin límites y su sentido experimental de la vida”, enmarcada por el Avila e iluminada por un sol constante y un cielo interminable. A esta ciudad, al igual que yo, llegó un Gabo, treintañero y extranjero, a trabajar como reportero en un momento histórico. Su primer domingo en la ciudad se levantó con una extraña sensación de que algo iba a pasar. Horas después sería testigo de la caída del régimen del dictador Marcos Pérez Jiménez. Y le tocó tan de cerca, que terminó para siempre obsesionado con el poder. No de otra forma podría haber escrito El otoño del patriarca.

Yo llegué a Caracas en marzo, cuando se caen las hojas de los árboles, lo que le da a esta ciudad caribeña cierto aire otoñal. Aire que estaba enrarecido por el misterioso estado de salud del presidente Hugo Chávez Frías, ese patriarca tropical que moriría a los dos días de mi arribo. Me enteré de la noticia en el momento exacto en que escribía la primera entrada de este blog, que existe precisamente gracias a la inspiración que encontré en los reportajes que Gabo escribió cuando trabajo aquí, Cuando era feliz e indocumentado.

Como La infeliz Caracas, la describió el maestro en un breve texto, lleno de nostalgia por esta ciudad en la que nunca más vivió, pero en la que le pasó tanto: “Me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela.”

¿Y yo? Entendí que un instante puede ser tan conmovedor como un para siempre. Fui la espectadora de esa puesta en escena permanente llamada revolución. Arrastré mis maletas por tres casas diferentes. Me quedé atascada entre marchas políticas y barricadas. Terminé artículos que nunca fueron publicados. Constaté que la escritura y la literatura son mi necesidad fundamental y que ser periodista es el mejor oficio del mundo. En un mismo día, y con minutos de diferencia, dos motos distintas me dejaron el recuerdo calcinante de sus tubos de escape en la piel. Y me di cuenta de lo mucho que me apasiona la política, a pesar de la incapacidad de los políticos.

Podría seguir enumerando cada uno de los libros, de los cuentos, de los relatos y palabras del Gabo, que por esas coincidencias de la vida, me han llegado en el momento justo. Y soy una afortunada porque aún me falta leer y releer varias de sus obras, entre ellas sus memorias, Vivir para contarla. La empecé a devorar hace dos semanas, luego de una conversación con alguien que se pasó una mañana entera pensando por qué su literatura lo había marcado tanto. Horas más tarde me lo dijo, y al repasar las lecciones de vida que me ha ido dejando el maestro, concuerdo con su lectura. La vida, a través de los ojos de Gabo, es algo inevitablemente surreal.

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Venezuela chilla

Venezuela no ha parado de chillar. Sí, chillar. Puedo parecer insensible y burda por utilizar esa palabra. Pero realmente me parece la más apropiada para describir lo que pasó, y sigue pasando, en estos dos últimos meses.

Me explico. La olla a presión que es este país y que pareciera que siempre está a punto de estallar, realmente no lo ha hecho. Y no porque las condiciones económicas mejoraron, porque la polarización política se esfumó, porque la seguridad aumentó. No. El problema es que todo lo que se cocina adentro no ha llegado a calentarse lo suficiente. No explotó, ni siquiera pitó.

No era el momento, dicen algunos. Había que esperar otra devaluación, que empeorara la escasez, que aumentaran los precios de todo, me dicen los moderados. Y los más radicales me dicen que ya no se puede esperar más porque Venezuela se está convirtiendo en Cuba, si es que ya no lo es.

 

¿Había que esperar qué para hacer qué? Me lo vengo preguntando después de dos meses de “guarimbas”, que creo que no han logrado nada, o al menos nada bueno. Lo digo más por lo que viví en mi propio vecindario que por un análisis sesudo sobre el éxito o fracaso de este método de protesta.

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De la noche a la mañana, ese oasis peatonal de Caracas que es Los Palos Grandes, por donde corren los atletas y salen a pasear los perros, ese Soho criollo agradable de cafés y restaurantes, esas calles construidas alrededor de árboles de mango para no tener que tumbarlos, y su plaza que sirve de salón de yoga al aire libre, tertuliadero de artistas y encontradero de enamorados, se transformó en uno de los principales territorios guarimberos de la capital. Y lo que es peor, me di cuenta que en mi propia calle vivían algunos talibanes.

 

Los descubrí una madrugada, a las 4 de la mañana exactamente. Me despertó el ruido que hacían cuando pretendían atravesar un alambre de lado a lado, como el que degolló a un motorizado. Por fortuna la policía de Chacao lo impidió, a pesar de que los vecinos los amenazaban desde sus ventanas tocando cacerolas en pijama. A lo largo del día, siguieron con el taca tacataca, reforzaron las barricadas y volvieron la calle, una “nada” si se quiere expresar en términos políticamente correctos. En términos reales, la volvieron mierda. Llegaron al punto de trancar el paso, ya no solo de los carros y las motos, sino también de los peatones. Otra vecina luego me dijo que la iniciativa había sido de gente que no era “de aquí”, pero contaron con el beneplácito de gente que sí es “de aquí”.

 

Durante esas semanas los días se volvieron largos. Las noches, interminables. A las 6 pm empezaba ese toque de queda rutinario por los enfrentamientos, que no estaban muy lejos. Desde mi apartamento se escuchaban las detonaciones en la Plaza Altamira. Por fortuna, parece que el viento sopla en otra dirección y nunca me asfixié con gases. Pero una noche sí se me trancó la respiración porque escuché tiros. Mi instinto de supervivencia pudo más que mi curiosidad periodística. Apagué las luces y me acurruqué en el suelo en vez de asomarme a la ventana. Esa misma noche, y ya cuando todo estaba tranquilo, pasarían a escasas cuadras un grupo de evangelizadores predicando con megáfono.

 

Casi un mes duraron las guarimbas y lo único que lograron fueron las peleas vecinales. Por eso no las apoyo y no las entiendo, ni como método de protesta, ni como expresión de frustración colectiva. Que me expliquen cuál es el objetivo de trancar la calle en la que vives con basura, prenderle candela y chuparte el humo, como si fuera un acto heroico. Que me digan qué sentido tiene armar barricadas con escombros, muebles de tu casa, y hasta alambres, para encerrarte a ti, y a todos tus vecinos, en tu propia cuadra. Ya estamos grandecitos como para seguir jugando a la guerra.

 

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Los gochos de San Cristóbal trataron de explicármelo mejor que mis vecinos. Justificaron su auto-cerco como una medida de protección, para evitar que los colectivos armados y las fuerzas del Estado se metieran a atormentarlos en sus calles. Pero me pregunto si se justifica armar tremendas barricadas y paralizar la mitad de la ciudad por miedo, porque eso es lo que estuvo escondiéndose detrás de las guarimbas de quienes dicen ser los más valientes y bravos del país.

 

No estoy desestimando el temor real que existe aquí y que también siento, la sensación de desespero, de zozobra porque aquí no impera la ley del más justo sino del más rudo. La Guardia Nacional, la Policía Nacional Bolivariana y los agentes de inteligencia, ni hablar de los tan mentados colectivos de civiles armados, han hecho de todo para demostrarlo.

 

Pero me resulta paradójico que los mismos opositores que se imponen auto-cercos en sus calles, denuncien que el gobierno, a través de anillos o cordones de seguridad con guardias y tanquetas a las que se enfrentan, les impida marchar hasta los ministerios, hasta la fiscalía, hasta el centro de poder de la capital. Ahí sí se sienten confinados, restringidos, cercenados en su derecho a manifestarse en la calle.

 

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La Calle. Ese es otro concepto difícil de entender. Existe una idea, tanto en el gobierno como en la oposición, que las fuerzas de los dos bandos políticos se pueden medir de manera fidedigna a través de una marcha, protesta o concentración callejera. Las imágenes de esas avenidas, llenas o medio vacías, luego serán pruebas “contundentes”, que acomodarán -con un plano más abierto o más cerrado- para concluir, sin duda alguna, que su bando está más fuerte que el otro. Los opositores preguntarán a otros opositores y los oficialistas a otros oficialistas qué tan llena estuvo la calle. Y la respuesta será que estaba “full” o “desbordada” o “a reventar”. Porque ellos ya ganaron “la calle”.

 

¿Ganaron? ¿Qué es lo que se gana en la calle? ¿Acaso hay un concurso en Venezuela, del que yo no me he enterado, que entrega como premio el palacio de Miraflores al que llene más calles? ¿O es que éste es un juego, tipo balancín, en el que si hay más peso de un lado de la calle, el otro se hunde, o mejor, sale disparado?

 

Eso es lo que seguramente quisieran tantos de ambos bandos. Que se vayan los opositores, para “el imperio” o para Colombia, es lo que grita el oficialismo. Que se vayan los del gobierno (¿para Cuba? ¿Para el mismísimo infierno?) es lo que reclaman los opositores más desesperados, especialmente los que siguen a Leopoldo López y Maria Corina Machado. Ambos han demostrado un talento impresionante para surfear, montándose sobre la ola de descontento y de protestas de los estudiantes para convocar a “La Salida”.

 

¿La salida hacia dónde? Leopoldo salió para la cárcel, junto con otros dos alcaldes. A Maria Corina la sacaron de la asamblea. Y la ola incontrolable de desfogue colectivo terminó arrasando con el liderazgo de Henrique Capriles y hundiendo lo que hasta hoy la oposición había logrado construir con la Mesa de Unidad. Las protestas que no son guarimbas son las que siguen a flote, pero están desarticuladas y a la deriva.

 

¿Y el gobierno? Ahí. Sigue siendo la tapa defectuosa de esa olla, que chilla y resopla a cada tanto, mientras ese caldo espeso, al que le han echado 39 muertos, se sigue cocinando a fuego lento.

 

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¿Algo va a pasar?

Venezuela me ha enseñado a convivir con el miedo. Aún no me acostumbro a él, pero ya lo acepto como algo inevitable, rutinario. Su sombra empieza a treparse por dentro, costilla por costilla, dificultándome un poco la respiración, hasta llegar al centro, donde lo espera el corazón rugiendo, como mostrándole los dientes para que se aleje. Y efectivamente, se va, sigilosamente. Pero deja constancia que en cualquier momento volverá, porque cuando menos lo espere, “algo va a pasar”.

La frase la vengo escuchando desde que llegué a este país y describe un sentimiento colectivo y contagioso. La nación cree que se va a “descoñetar”, “ ir por un barranco”, “al despeñadero”, como si la venezolanidad andara sobre un par de patas enclenques, destinadas a tropezarse por un precipicio. En el porvenir no hay opción distinta al “desmadre”, “estallido”, “guerra”, “golpe”, porque el conflicto político no puede terminar con un suspiro de alivio tras un apretón de manos. Quienes se preocupan por la historia en este país (cada vez son más) argumentan que esto solo puede terminar mal. Por ahora, no ha pasado. Pero las imágenes del mismo Hugo Chávez por todas partes recuerdan que los “por ahora” hay que tomárselos en serio.

Los primeros meses aquí no sentía tanto temor y pensé, ingenuamente y soberbiamente, que era por ser colombiana. Tengo recuerdos de infancia de los bombazos del narcotráfico de los 90, estuve en un retén de la guerrilla, y como periodista, he escrito más de una decena de historias de víctimas y victimarios del conflicto armado. Creía que tenía el cuero duro y que las quejas de la inseguridad, los atracos, y los crímenes de la delincuencia común que contaban mis amigos venezolanos me resultaban exagerados y jamás comparables con el nivel de violencia que por décadas ha campeado al otro lado de la frontera.

Pero no duele menos el tiro de un atraco callejero o de bala perdida que el de una operación militar o un ajusticiamiento. Puede ser igual de apabullante caminar en una zona donde hay minas antipersona a estar metido entre la turba, en plena manifestación política. Puedes sentirte tan intimidado con la amenaza telefónica de un cacique político corrupto colombiano, como con la voz de un funcionario de tercera de un ministerio del gobierno venezolano. Así que no es ninguna virtud sacar callo, y no me ha servido de nada, ni aquí ni allá, hacerme la macha y decir que algo “no me da miedo”.

No soy inmune. Hace unos meses me acosté a dormir temprano. A media noche me desperté sobresaltada porque me pareció escuchar una explosión. A pesar de las cortinas, se había iluminado el cielo. Imaginaba que había sido una bomba lanzada por militares golpistas al aeropuerto de la Fuerza Aérea de La Carlota. Corrí a la ventana y me di cuenta que llovía. Solo había sido un rayo.

Hace menos de dos semanas, me pasó algo similar. Me desperté por un ruido ensordecedor de pólvora y cohetones a media noche. No sabía que los fanáticos del equipo de béisbol Magallanes estaban celebrando el partido final de la serie. Sólo pensé que ese “algo” estaba “pasando”. Fue después de revisar los mensajes jubilosos de fanáticos en twitter que entendí por qué era todo el alboroto.

Trato de ser tan racional como cabe en este país de paranoicos, pero confieso que cuesta mantener los nervios intactos (y es imposible decirle al cerebro que se mantenga firme cuando estoy durmiendo) cuando el mismo presidente habla cada tercer día de conspiraciones, atentados, golpes, planes magnicidas y al mismo tiempo dice que será “implacable”, que no le importa que lo tilden de “dictador”, y alza el tono de voz cada vez que amenaza a sus enemigos y les advierte que “no me subestimen”.

Y al chavismo no hay que subestimarlo porque ha mostrado ya su capacidad de ejercer dominio sobre los demás, violando todo tipo de reglas y cometiendo arbitrariedades. Y tampoco hay que subestimar a ciertos sectores de la oposición, que son capaces de acudir a métodos igual de extremos y de radicales para provocar. Porque sí, en este país los locos militan en todos los bandos.

La semana pasada fui a un foro académico sobre economía. El chiste en la puerta de entrada, cuando le entregaban un panfleto a todos los asistentes era, “a la salida reclama un fusil”. Me dejó de sonar a broma cuando hubo oportunidad de hacer preguntas a los panelistas y un señor dijo que era necesario hacer una nueva revolución armada. Y en vez de chiflarlo, muchos en el recinto lo aplaudieron.

Al interior de ambos bandos hay divisiones y pareciera que, tanto entre chavistas como entre opositores, las que están haciendo más ruido últimamente son las de los radicales. No hay como saber hasta qué punto estas fracturas pueden terminar atentando contra el gobierno. No hay información y no hay como acceder a ella. Intentamos interpretar correctamente las declaraciones, tratamos de buscar otras apreciaciones. Pero cada vez hay menos periodismo, menos reportería, menos datos. Y cada vez hay más propaganda, más opinión, más especulación. Quizás son los ingredientes perfectos para que ahora sí “pase algo”.

Y mientras convivimos con la amenaza permanente de un enfrentamiento político violento y generalizado (porque protestas aisladas y la represión que las acompaña empiezan a ser cada vez más frecuentes) o se produce un golpe frío, esperamos que esa otra violencia, la del lumpen criminal desbordado, no nos alcance.

Hace dos semanas estuvo cerca. Una banda armada atracó el edificio de enfrente. Se hicieron pasar por guardias de la PTJ y saquearon todos los apartamentos. Desde mi ventana, a oscuras, vi la “operación” de la policía que cerró la calle y corría armada con fusiles y cascos. No arrestaron a nadie. Y “no pasó nada”.

Así que me parece que el miedo es lo único que está pasando en toda Venezuela. Se mete sutilmente, de casa en casa, hasta imponer entre la gente un auto toque de queda. Lo demás, no hay como saber cuándo pasará, si pasa.

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La marcha triste

Me había acostumbrado a que cualquier marcha política en Venezuela terminaba en fiesta. Pero ayer no hubo música, la situación no estaba para bailar, para aplaudir y gritar vivas, ni para pasarse de tragos. O talvez sí, pero para diluir en alcohol las preocupaciones y el pesimismo que estaban presentes ayer en muchas de las caras de los opositores, que no obstante, posaban sonrientes ante las cámaras cuando asomaba el lente.

La del 23N ha sido la concentración política más triste en la que he estado desde que llegué a este país. Y no lo digo por la asistencia, realmente es imposible calcular cuánta gente había en la calle, y alrededor de la inmensa fuente rodeada de grama, que domina Plaza Venezuela. Lo digo, sobre todo, por el estado anímico colectivo que percibí, menos animado que de costumbre. Bastaba leer un par de carteles, hechos a mano, con billetes de bolívares que ya no valen nada y por eso no importaba pegarlos en una cartulina, o con los empaques de comida o de jabón que ya no se consiguen y ahora son recuerdo. Billetes y paquetes desechables, testimonios de la escasez y la inflación, que si bien no han faltado en otras marchas, ayer pesaban el doble.

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Como pesaron las palabras de Henrique Capriles, que en vez de aliviar la pesadez con su discurso, no ofreció consuelo alguno. “Hay personas que creen que el país tocó fondo, esto se puede poner peor”, dijo. Quizás, por eso mismo, fue más sincero que nunca. No hizo las típicas promesas de político en campaña, solo habló de la necesidad de que la oposición saque más votos que el oficialismo en las elecciones municipales el 8 de diciembre. Eso no cambiará al presidente, pero es como una prueba para medir la fuerza electoral opositora, y si la pasa, convocar entonces a un proceso constituyente, para salir, por la vía democrática, insistió, del actual régimen. Ese que para muchos de los que estaban allí presentes, hace rato dejó de ser democrático. “Pueblo, madura, esto es dictadura”, coreaban a ratos. 

El mismo Capriles había despertado al país opositor, urbano y de clase media, que revisa el twitter a primera hora de la mañana, ante el vacío informativo que sienten que se ha instalado desde que Globovisión cambió de dueños, con una noticia característica de regímenes autoritarios. Según Capriles, la inteligencia militar había golpeado y se había llevado secuestrado a las 2 de la mañana a uno de los hombres de su equipo de trabajo, y director de Primero Justicia en el estado Zulia, Alejandro Silva. Pasado el medio día, cuando el “flaco” daba su discurso en la calle, retando a Maduro a que viniera por él en vez de perseguir a sus colaboradores, aún no se sabía su paradero. Solo aparecería hacia las 6 de la tarde, en Caracas, después de haber permanecido horas entre las instalaciones de la División de Inteligencia Militar en Boleíta, como me comentó anoche un militante cercano a Silva de Primero Justicia.

Lo más preocupante es que el mismo Nicolás Maduro, que ayer estaba de cumpleaños y recibiendo a los reyes de los Países Bajos mientras se celebraba la marcha en su contra, había dicho que arrestarían a líderes de la oposición en los próximos días. El temor era que fuera directamente contra Capriles, el ex alcalde de Chacao, Leopoldo López o la diputada Maria Corina Machado, a quienes ha señalado como la trilogía del mal. “Está cantado que la represión continúe”, advirtió Capriles a sus simpatizantes. “Si eso pasa, nadie tiene que decirles qué hacer. Ustedes solitos salgan a las calles”.

Viendo la marcha de ayer, me pregunto, si eso llegara a suceder, cuántos opositores saldrían a la calle a exigir que lo liberen. La marcha de los auto convocados hace 15 días fue un fiasco, la que están tratando de convocar para el 30, puede ser igual. Un grupo de 10 jóvenes, irrumpió ayer en Plaza Venezuela con la consigna “No estamos en campaña, estamos en protesta”. Y muchos de los que estaban alrededor los miraban como extraterrestres.

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El concepto de “protesta” callejera en Venezuela parece reducirse a pequeños “happenings” de grupos de estudiantes, vinculados sobre todo al partido Voluntad Popular, que son más tropeleros que los demás. Pero no existe, al menos aún, un espíritu colectivo suficientemente fuerte para marchar y exigir el respeto de sus derechos como ciudadanos ante el gobierno. Como si esos no fueran motivos suficientes para salir a la calle. El temor a la represión puede incidir, pero también la comodidad y la superficialidad. Si no hay una orquesta animando o una súper estrella encabezando la marcha, no hay motivo para asistir.

Los venezolanos opositores se quejan por todo. Pero convertir esos motivos en motivación es distinto. ¿Qué motivó a la juez María Lourdes Afuini a asistir a la marcha de ayer? Supongo que aguantar 3 años de cárcel, el haber sido violada, el deterioro de su estado de salud, un juicio que no ha terminado, y una libertad condicionada son motivos suficientes. Quise preguntarle directamente por qué estaba allí. Pero me dijo que, aunque se “moría de ganas”, no podía dar declaraciones a los periodistas. Sí podía marchar, sin embargo. Caminaba tranquila entre la gente, le abrían el paso, la aplaudían y le gritaban: “valiente”. La expresión en su cara, con el rimel de los ojos medio escurrido, era tranquila y alegre. Se dejaba tomar fotos y dar abrazos de otros extraños que la miraban incrédulos.

Como ella, otros venezolanos habían ido solo a hacer presencia, sin gritar una sola consigna, sin hablar con los demás, quizás porque el silencio es buen compañero en momentos difíciles, así como también puede ser más sabio abstenerse de cualquier acción. Un hombre, ya mayor, me confesó que ésa era la última marcha a la que asistiría, no porque hubiera estado muy mala, sino porque se iba del país. Me dijo que como él era demasiado “cabeza caliente”, y odiaba tanto a quienes están en el gobierno, había decidido marcharse. “Es que yo soy el propio pa meterle un tiro a esa gente”.

“Esa gente”, es gente, y tiene hasta parientes en común con la oposición. Uno de ellos, David Maduro, estaba ayer entre la marcha, con un sombrero blanco, que cubría su cara llena de pecas. Al principio, no quiso decirme su apellido. Una vez se relajó explicó que era familiar lejano del presidente, pero que también era primo hermano del papá de Capriles y que estaba ahí para apoyar a “Henrique”. Le pregunté si había pensado irse del país y me contestó sereno: “Venezuela tiene que cambiar. No he pensado en irme para ningún lado.” El problema, para la oposición, es que Nicolás Maduro y los chavistas, tampoco.

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9N: de no te lo puedo creer

El 9 de noviembre pintaba como un día noticioso. Eso creía yo desde temprano, pero por razones equivocadas. Días atrás había visto en redes sociales que se estaba moviendo una convocatoria a una marcha contra el gobierno de Nicolás Maduro. No era una marcha organizada, al menos no abiertamente por la oposición. Se suponía que era “ciudadana”, por eso la llamaron en twitter, “la autoconvocada”. Era la oportunidad de ver, si aún existe aquí, eso que llaman “la sociedad civil venezolana”.

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La cita en Caracas, pero también en otras ciudades del país era a las 10 de la mañana. Pero a esa hora, la noticia ya era otra. La noche anterior, el presidente Nicolás Maduro, había anunciado por televisión nacional medidas contra una cadena de almacenes de electrodomésticos. Según el gobierno, en estas tiendas se estaba cometiendo un crimen contra la patria. Usura, fue la palabra que el gobierno utilizó para condenar, de ante mano, a los dueños de estos locales que vendían su mercancía con supuestos sobreprecios de más de 1000 por ciento.

Algunos comerciantes fueron detenidos y Maduro decretó bajar los precios de los televisores, neveras, licuadoras, planchas, etc. a más de la mitad. Dicha total. Se adelantó diciembre. No es por amargar las fiestas pero, independientemente de que sean ciertas o no las evidencias de delitos por parte de estos empresarios, (la palabra “usura” no aparece ni una sola vez en el código penal venezolano) lo que se conoce como debido proceso en cualquier Estado de derecho fue violado una vez más. 

Pero a quién le importa el Estado de derecho, cuando la meta del gobierno es lograr el Estado de suprema felicidad. Si se adelanta la navidad y la parranda por decreto, que comiencen también las compras decembrinas en noviembre. Como los venezolanos gastan más de lo que necesitan -soy consciente que estoy haciendo una generalización cultural y que me perdonen mis amigos si se sienten ofendidos con ella- muchos de ellos no tardaron en salir a las calles. Anteanoche no importó la inseguridad, y el miedo al malandraje que deambula en la oscuridad buscando víctimas. Ante la promesa de encontrar pantallas plasma a mitad de precio al día siguiente, el país amaneció valiente. Y garoso e impaciente.

A las 7 de la mañana, fueron reportados los primeros saqueos a una de las tiendas de la cadena Daka, en la ciudad de Valencia. Luego empezaron a circular por redes sociales, y en algunos medios de comunicación, las fotos de la Guardia Nacional y de la policía sacando equipos electrónicos. ¿Salvándolos o robándolos? No sé, no me consta. Maduro no ordenó los saqueos pero condenar de “saqueadores” a los empresarios (así lo sean, pero esperemos el juicio Presidente) en televisión nacional y no hacerlo tan enérgicamente con el pueblo ladrón, legitima sus acciones. Quizás no se le puede pedir a Maduro algo distinto, si el mismo Chávez justificó el robo por necesidad. Pero lo que ocurrió ayer, de necesario no tiene nada, y como todo lo que pasa con las muchedumbres que se salen de control, si bien puede ser espontáneo, pasional, impulsivo, sí respondió a una decisión de alto gobierno, calculada.

Puede ser mera coincidencia, pero queda la duda. ¿Por qué el sábado, 9 de noviembre? ¿No podían haber escogido otra fecha para que, al menos a los que nos preocupan las coincidencias históricas, no hubiéramos caído en la tentación de hacer el paralelismo? Cómo no hacerlo cuando el 9 de noviembre de 1938, los nazis ordenaron atacar los negocios de los judíos en Alemania. El gobierno venezolano lleva meses hablando de  la “guerra económica” que libra contra la “burguesía parasitaria”, encarnada en empresarios y comerciantes. Pareciera que son el “untermensch”, o subhombre que el chavismo pretende eliminar, no creo que físicamente, pero sí económicamente. Y, al menos en Valencia, también hubo cristales rotos.

De cristales y de gemas, 1362 de ellas incrustadas en la séptima corona de Miss Universo que se lleva Venezuela, como país potencia en “belleza”, terminarían hablando miles, espero que no millones (o más bien millonas en el Newspeak madurista) de venezolanos en la tarde del sábado.  A la hora en que la valenciana María Gabriela Isler era coronada, yo pasaba enfrente de uno de los almacenes Daka en Caracas, en donde la gente seguía haciendo filas, y cargando cajas de equipos electrónicos, como si se los hubiera traído el mismísimo Niño Dios.

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Como en Venezuela toda tragedia es susceptible de transformarse en comedia, no faltaron los comentarios en twitter que ingeniosamente mezclaban las dos noticias gordas del día: “El plan de hoy: ver a Miss Universo en mi nuevo televisor robado”. Los “autoconvocados”, a esa hora, ya eran práctimente inexistentes, también en el mundo virtual.

El día no podía terminar sin una nueva cadena nacional. El presidente Nicolás Maduro, apareció presentando una nueva edición de Notipatria y advirtió que se vienen más operativos por el estilo en TODOS los sectores. De paso, ordenó cerrar las páginas web que reportan la tasa del dólar paralelo, que según Maduro, la fijan como por capricho, los empresarios de la derecha que ni siquiera viven en el país.

Porque así como el gobierno cree que el dólar paralelo es un fantasma, y no la moneda por la cual se rigen muchos sectores de esta economía dolarizada de facto, también parece creer que con anuncios mediáticos las cosas se hacen realidad. Antes de terminar su cadena, Maduro preguntó qué titular resumiría lo que sucedió ayer en Venezuela. Y Ernesto Villegas, su ex ministro de información y ex periodista, hoy político, le contestó que dentro de un nuevo género, que él bautizó como “periodismo de predicción”, sería: “Los precios van pa abajo”. 

El titular y el nuevo género entraría entre los casos de estudio de ética periodística de cualquier facultad de comunicación. “Los precios van pa abajo” es un título mágico que esconde al responsable de la acción: al gobierno que inauguró un control de precios a la brava y a una “sociedad civil” que sacó provecho, comprando y robando el televisor que soñaba, en el que pudo ver a su reina coronada. La mujer más bella de todo el universo no podía creer que había ganado. Yo aún no puedo creer lo que pasó ayer en Venezuela.

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