Archivo de la etiqueta: Caracas

Gabo, mi maestro surreal

Realismo mágico. Solo así puedo describir lo que he vivido desde que tomé la decisión de viajar a Venezuela a trabajar como periodista. En todo este tiempo, pero desde antes, Gabriel García Márquez me ha estado acompañando. Por eso su pérdida la he sentido en lo más hondo del alma y por él he llorado como si hubiera perdido a uno de mis grandes amigos.

Nunca lo conocí en vida, lo conocí en libros. Me lo presentó una de mis profesoras de español en el colegio. Tendría unos 11 o 12 años y como muchos de los que fuimos educados en Colombia, lo primero que leí fue su Relato de un náufrago. Tengo una memoria inservible para recordar lo que leo, lo cual en realidad es una ventaja porque puedo leerme el mismo libro varias veces y sorprenderme tanto como la primera. Lo que sí recuerdo, aún hoy, es que ese reportaje periodístico me hizo temerle al mar. Es justamente porque me sembró el miedo a quedar a la deriva que sé que Gabo no era únicamente un cronista. Era un señor escritor.

El amor en los tiempos del cólera me llegó un poco después y me enamoré de la idea del amor romántico. Sucedió justo cuando descubrí que uno de mis compañeros del colegio tenía el poder de acelerarme el corazón solo con mirarme desde su pupitre. Durante años suspiré por él, y fiel a ese espíritu romántico, nunca se lo dije de frente. Antes de graduarme del bachillerato, le dejé un mensaje en código que quizás aún no ha descifrado.

A Cien años de soledad lo encontré en el periodo más solitario y oscuro de mi vida. Sus páginas me permitían estar en el Caribe, en ese Macondo mágico y trágico, y no en ese horrible sillón de flores en el que me sentaba por horas a leer al lado de una ventana, a la que nunca le entraba suficiente luz. Ese libro era mi primavera y verano en medio de un otoño y un invierno interminable, y de un frío de muerte que sentía, adentro y afuera.

En cambio la Caracas que conozco es un derroche permanente de energía. Así también lo percibió él cuando dijo que le gustaba “su locura sin límites y su sentido experimental de la vida”, enmarcada por el Avila e iluminada por un sol constante y un cielo interminable. A esta ciudad, al igual que yo, llegó un Gabo, treintañero y extranjero, a trabajar como reportero en un momento histórico. Su primer domingo en la ciudad se levantó con una extraña sensación de que algo iba a pasar. Horas después sería testigo de la caída del régimen del dictador Marcos Pérez Jiménez. Y le tocó tan de cerca, que terminó para siempre obsesionado con el poder. No de otra forma podría haber escrito El otoño del patriarca.

Yo llegué a Caracas en marzo, cuando se caen las hojas de los árboles, lo que le da a esta ciudad caribeña cierto aire otoñal. Aire que estaba enrarecido por el misterioso estado de salud del presidente Hugo Chávez Frías, ese patriarca tropical que moriría a los dos días de mi arribo. Me enteré de la noticia en el momento exacto en que escribía la primera entrada de este blog, que existe precisamente gracias a la inspiración que encontré en los reportajes que Gabo escribió cuando trabajo aquí, Cuando era feliz e indocumentado.

Como La infeliz Caracas, la describió el maestro en un breve texto, lleno de nostalgia por esta ciudad en la que nunca más vivió, pero en la que le pasó tanto: “Me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela.”

¿Y yo? Entendí que un instante puede ser tan conmovedor como un para siempre. Fui la espectadora de esa puesta en escena permanente llamada revolución. Arrastré mis maletas por tres casas diferentes. Me quedé atascada entre marchas políticas y barricadas. Terminé artículos que nunca fueron publicados. Constaté que la escritura y la literatura son mi necesidad fundamental y que ser periodista es el mejor oficio del mundo. En un mismo día, y con minutos de diferencia, dos motos distintas me dejaron el recuerdo calcinante de sus tubos de escape en la piel. Y me di cuenta de lo mucho que me apasiona la política, a pesar de la incapacidad de los políticos.

Podría seguir enumerando cada uno de los libros, de los cuentos, de los relatos y palabras del Gabo, que por esas coincidencias de la vida, me han llegado en el momento justo. Y soy una afortunada porque aún me falta leer y releer varias de sus obras, entre ellas sus memorias, Vivir para contarla. La empecé a devorar hace dos semanas, luego de una conversación con alguien que se pasó una mañana entera pensando por qué su literatura lo había marcado tanto. Horas más tarde me lo dijo, y al repasar las lecciones de vida que me ha ido dejando el maestro, concuerdo con su lectura. La vida, a través de los ojos de Gabo, es algo inevitablemente surreal.

Anuncios

Comentarios desactivados en Gabo, mi maestro surreal

Archivado bajo Uncategorized

Venezuela chilla

Venezuela no ha parado de chillar. Sí, chillar. Puedo parecer insensible y burda por utilizar esa palabra. Pero realmente me parece la más apropiada para describir lo que pasó, y sigue pasando, en estos dos últimos meses.

Me explico. La olla a presión que es este país y que pareciera que siempre está a punto de estallar, realmente no lo ha hecho. Y no porque las condiciones económicas mejoraron, porque la polarización política se esfumó, porque la seguridad aumentó. No. El problema es que todo lo que se cocina adentro no ha llegado a calentarse lo suficiente. No explotó, ni siquiera pitó.

No era el momento, dicen algunos. Había que esperar otra devaluación, que empeorara la escasez, que aumentaran los precios de todo, me dicen los moderados. Y los más radicales me dicen que ya no se puede esperar más porque Venezuela se está convirtiendo en Cuba, si es que ya no lo es.

 

¿Había que esperar qué para hacer qué? Me lo vengo preguntando después de dos meses de “guarimbas”, que creo que no han logrado nada, o al menos nada bueno. Lo digo más por lo que viví en mi propio vecindario que por un análisis sesudo sobre el éxito o fracaso de este método de protesta.

 IMG_1219

De la noche a la mañana, ese oasis peatonal de Caracas que es Los Palos Grandes, por donde corren los atletas y salen a pasear los perros, ese Soho criollo agradable de cafés y restaurantes, esas calles construidas alrededor de árboles de mango para no tener que tumbarlos, y su plaza que sirve de salón de yoga al aire libre, tertuliadero de artistas y encontradero de enamorados, se transformó en uno de los principales territorios guarimberos de la capital. Y lo que es peor, me di cuenta que en mi propia calle vivían algunos talibanes.

 

Los descubrí una madrugada, a las 4 de la mañana exactamente. Me despertó el ruido que hacían cuando pretendían atravesar un alambre de lado a lado, como el que degolló a un motorizado. Por fortuna la policía de Chacao lo impidió, a pesar de que los vecinos los amenazaban desde sus ventanas tocando cacerolas en pijama. A lo largo del día, siguieron con el taca tacataca, reforzaron las barricadas y volvieron la calle, una “nada” si se quiere expresar en términos políticamente correctos. En términos reales, la volvieron mierda. Llegaron al punto de trancar el paso, ya no solo de los carros y las motos, sino también de los peatones. Otra vecina luego me dijo que la iniciativa había sido de gente que no era “de aquí”, pero contaron con el beneplácito de gente que sí es “de aquí”.

 

Durante esas semanas los días se volvieron largos. Las noches, interminables. A las 6 pm empezaba ese toque de queda rutinario por los enfrentamientos, que no estaban muy lejos. Desde mi apartamento se escuchaban las detonaciones en la Plaza Altamira. Por fortuna, parece que el viento sopla en otra dirección y nunca me asfixié con gases. Pero una noche sí se me trancó la respiración porque escuché tiros. Mi instinto de supervivencia pudo más que mi curiosidad periodística. Apagué las luces y me acurruqué en el suelo en vez de asomarme a la ventana. Esa misma noche, y ya cuando todo estaba tranquilo, pasarían a escasas cuadras un grupo de evangelizadores predicando con megáfono.

 

Casi un mes duraron las guarimbas y lo único que lograron fueron las peleas vecinales. Por eso no las apoyo y no las entiendo, ni como método de protesta, ni como expresión de frustración colectiva. Que me expliquen cuál es el objetivo de trancar la calle en la que vives con basura, prenderle candela y chuparte el humo, como si fuera un acto heroico. Que me digan qué sentido tiene armar barricadas con escombros, muebles de tu casa, y hasta alambres, para encerrarte a ti, y a todos tus vecinos, en tu propia cuadra. Ya estamos grandecitos como para seguir jugando a la guerra.

 

IMG_1363

 

Los gochos de San Cristóbal trataron de explicármelo mejor que mis vecinos. Justificaron su auto-cerco como una medida de protección, para evitar que los colectivos armados y las fuerzas del Estado se metieran a atormentarlos en sus calles. Pero me pregunto si se justifica armar tremendas barricadas y paralizar la mitad de la ciudad por miedo, porque eso es lo que estuvo escondiéndose detrás de las guarimbas de quienes dicen ser los más valientes y bravos del país.

 

No estoy desestimando el temor real que existe aquí y que también siento, la sensación de desespero, de zozobra porque aquí no impera la ley del más justo sino del más rudo. La Guardia Nacional, la Policía Nacional Bolivariana y los agentes de inteligencia, ni hablar de los tan mentados colectivos de civiles armados, han hecho de todo para demostrarlo.

 

Pero me resulta paradójico que los mismos opositores que se imponen auto-cercos en sus calles, denuncien que el gobierno, a través de anillos o cordones de seguridad con guardias y tanquetas a las que se enfrentan, les impida marchar hasta los ministerios, hasta la fiscalía, hasta el centro de poder de la capital. Ahí sí se sienten confinados, restringidos, cercenados en su derecho a manifestarse en la calle.

 

 IMG_1164

 

La Calle. Ese es otro concepto difícil de entender. Existe una idea, tanto en el gobierno como en la oposición, que las fuerzas de los dos bandos políticos se pueden medir de manera fidedigna a través de una marcha, protesta o concentración callejera. Las imágenes de esas avenidas, llenas o medio vacías, luego serán pruebas “contundentes”, que acomodarán -con un plano más abierto o más cerrado- para concluir, sin duda alguna, que su bando está más fuerte que el otro. Los opositores preguntarán a otros opositores y los oficialistas a otros oficialistas qué tan llena estuvo la calle. Y la respuesta será que estaba “full” o “desbordada” o “a reventar”. Porque ellos ya ganaron “la calle”.

 

¿Ganaron? ¿Qué es lo que se gana en la calle? ¿Acaso hay un concurso en Venezuela, del que yo no me he enterado, que entrega como premio el palacio de Miraflores al que llene más calles? ¿O es que éste es un juego, tipo balancín, en el que si hay más peso de un lado de la calle, el otro se hunde, o mejor, sale disparado?

 

Eso es lo que seguramente quisieran tantos de ambos bandos. Que se vayan los opositores, para “el imperio” o para Colombia, es lo que grita el oficialismo. Que se vayan los del gobierno (¿para Cuba? ¿Para el mismísimo infierno?) es lo que reclaman los opositores más desesperados, especialmente los que siguen a Leopoldo López y Maria Corina Machado. Ambos han demostrado un talento impresionante para surfear, montándose sobre la ola de descontento y de protestas de los estudiantes para convocar a “La Salida”.

 

¿La salida hacia dónde? Leopoldo salió para la cárcel, junto con otros dos alcaldes. A Maria Corina la sacaron de la asamblea. Y la ola incontrolable de desfogue colectivo terminó arrasando con el liderazgo de Henrique Capriles y hundiendo lo que hasta hoy la oposición había logrado construir con la Mesa de Unidad. Las protestas que no son guarimbas son las que siguen a flote, pero están desarticuladas y a la deriva.

 

¿Y el gobierno? Ahí. Sigue siendo la tapa defectuosa de esa olla, que chilla y resopla a cada tanto, mientras ese caldo espeso, al que le han echado 39 muertos, se sigue cocinando a fuego lento.

 

Comentarios desactivados en Venezuela chilla

Archivado bajo Uncategorized