Venezuela chilla

Venezuela no ha parado de chillar. Sí, chillar. Puedo parecer insensible y burda por utilizar esa palabra. Pero realmente me parece la más apropiada para describir lo que pasó, y sigue pasando, en estos dos últimos meses.

Me explico. La olla a presión que es este país y que pareciera que siempre está a punto de estallar, realmente no lo ha hecho. Y no porque las condiciones económicas mejoraron, porque la polarización política se esfumó, porque la seguridad aumentó. No. El problema es que todo lo que se cocina adentro no ha llegado a calentarse lo suficiente. No explotó, ni siquiera pitó.

No era el momento, dicen algunos. Había que esperar otra devaluación, que empeorara la escasez, que aumentaran los precios de todo, me dicen los moderados. Y los más radicales me dicen que ya no se puede esperar más porque Venezuela se está convirtiendo en Cuba, si es que ya no lo es.

 

¿Había que esperar qué para hacer qué? Me lo vengo preguntando después de dos meses de “guarimbas”, que creo que no han logrado nada, o al menos nada bueno. Lo digo más por lo que viví en mi propio vecindario que por un análisis sesudo sobre el éxito o fracaso de este método de protesta.

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De la noche a la mañana, ese oasis peatonal de Caracas que es Los Palos Grandes, por donde corren los atletas y salen a pasear los perros, ese Soho criollo agradable de cafés y restaurantes, esas calles construidas alrededor de árboles de mango para no tener que tumbarlos, y su plaza que sirve de salón de yoga al aire libre, tertuliadero de artistas y encontradero de enamorados, se transformó en uno de los principales territorios guarimberos de la capital. Y lo que es peor, me di cuenta que en mi propia calle vivían algunos talibanes.

 

Los descubrí una madrugada, a las 4 de la mañana exactamente. Me despertó el ruido que hacían cuando pretendían atravesar un alambre de lado a lado, como el que degolló a un motorizado. Por fortuna la policía de Chacao lo impidió, a pesar de que los vecinos los amenazaban desde sus ventanas tocando cacerolas en pijama. A lo largo del día, siguieron con el taca tacataca, reforzaron las barricadas y volvieron la calle, una “nada” si se quiere expresar en términos políticamente correctos. En términos reales, la volvieron mierda. Llegaron al punto de trancar el paso, ya no solo de los carros y las motos, sino también de los peatones. Otra vecina luego me dijo que la iniciativa había sido de gente que no era “de aquí”, pero contaron con el beneplácito de gente que sí es “de aquí”.

 

Durante esas semanas los días se volvieron largos. Las noches, interminables. A las 6 pm empezaba ese toque de queda rutinario por los enfrentamientos, que no estaban muy lejos. Desde mi apartamento se escuchaban las detonaciones en la Plaza Altamira. Por fortuna, parece que el viento sopla en otra dirección y nunca me asfixié con gases. Pero una noche sí se me trancó la respiración porque escuché tiros. Mi instinto de supervivencia pudo más que mi curiosidad periodística. Apagué las luces y me acurruqué en el suelo en vez de asomarme a la ventana. Esa misma noche, y ya cuando todo estaba tranquilo, pasarían a escasas cuadras un grupo de evangelizadores predicando con megáfono.

 

Casi un mes duraron las guarimbas y lo único que lograron fueron las peleas vecinales. Por eso no las apoyo y no las entiendo, ni como método de protesta, ni como expresión de frustración colectiva. Que me expliquen cuál es el objetivo de trancar la calle en la que vives con basura, prenderle candela y chuparte el humo, como si fuera un acto heroico. Que me digan qué sentido tiene armar barricadas con escombros, muebles de tu casa, y hasta alambres, para encerrarte a ti, y a todos tus vecinos, en tu propia cuadra. Ya estamos grandecitos como para seguir jugando a la guerra.

 

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Los gochos de San Cristóbal trataron de explicármelo mejor que mis vecinos. Justificaron su auto-cerco como una medida de protección, para evitar que los colectivos armados y las fuerzas del Estado se metieran a atormentarlos en sus calles. Pero me pregunto si se justifica armar tremendas barricadas y paralizar la mitad de la ciudad por miedo, porque eso es lo que estuvo escondiéndose detrás de las guarimbas de quienes dicen ser los más valientes y bravos del país.

 

No estoy desestimando el temor real que existe aquí y que también siento, la sensación de desespero, de zozobra porque aquí no impera la ley del más justo sino del más rudo. La Guardia Nacional, la Policía Nacional Bolivariana y los agentes de inteligencia, ni hablar de los tan mentados colectivos de civiles armados, han hecho de todo para demostrarlo.

 

Pero me resulta paradójico que los mismos opositores que se imponen auto-cercos en sus calles, denuncien que el gobierno, a través de anillos o cordones de seguridad con guardias y tanquetas a las que se enfrentan, les impida marchar hasta los ministerios, hasta la fiscalía, hasta el centro de poder de la capital. Ahí sí se sienten confinados, restringidos, cercenados en su derecho a manifestarse en la calle.

 

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La Calle. Ese es otro concepto difícil de entender. Existe una idea, tanto en el gobierno como en la oposición, que las fuerzas de los dos bandos políticos se pueden medir de manera fidedigna a través de una marcha, protesta o concentración callejera. Las imágenes de esas avenidas, llenas o medio vacías, luego serán pruebas “contundentes”, que acomodarán -con un plano más abierto o más cerrado- para concluir, sin duda alguna, que su bando está más fuerte que el otro. Los opositores preguntarán a otros opositores y los oficialistas a otros oficialistas qué tan llena estuvo la calle. Y la respuesta será que estaba “full” o “desbordada” o “a reventar”. Porque ellos ya ganaron “la calle”.

 

¿Ganaron? ¿Qué es lo que se gana en la calle? ¿Acaso hay un concurso en Venezuela, del que yo no me he enterado, que entrega como premio el palacio de Miraflores al que llene más calles? ¿O es que éste es un juego, tipo balancín, en el que si hay más peso de un lado de la calle, el otro se hunde, o mejor, sale disparado?

 

Eso es lo que seguramente quisieran tantos de ambos bandos. Que se vayan los opositores, para “el imperio” o para Colombia, es lo que grita el oficialismo. Que se vayan los del gobierno (¿para Cuba? ¿Para el mismísimo infierno?) es lo que reclaman los opositores más desesperados, especialmente los que siguen a Leopoldo López y Maria Corina Machado. Ambos han demostrado un talento impresionante para surfear, montándose sobre la ola de descontento y de protestas de los estudiantes para convocar a “La Salida”.

 

¿La salida hacia dónde? Leopoldo salió para la cárcel, junto con otros dos alcaldes. A Maria Corina la sacaron de la asamblea. Y la ola incontrolable de desfogue colectivo terminó arrasando con el liderazgo de Henrique Capriles y hundiendo lo que hasta hoy la oposición había logrado construir con la Mesa de Unidad. Las protestas que no son guarimbas son las que siguen a flote, pero están desarticuladas y a la deriva.

 

¿Y el gobierno? Ahí. Sigue siendo la tapa defectuosa de esa olla, que chilla y resopla a cada tanto, mientras ese caldo espeso, al que le han echado 39 muertos, se sigue cocinando a fuego lento.

 

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¿Algo va a pasar?

Venezuela me ha enseñado a convivir con el miedo. Aún no me acostumbro a él, pero ya lo acepto como algo inevitable, rutinario. Su sombra empieza a treparse por dentro, costilla por costilla, dificultándome un poco la respiración, hasta llegar al centro, donde lo espera el corazón rugiendo, como mostrándole los dientes para que se aleje. Y efectivamente, se va, sigilosamente. Pero deja constancia que en cualquier momento volverá, porque cuando menos lo espere, “algo va a pasar”.

La frase la vengo escuchando desde que llegué a este país y describe un sentimiento colectivo y contagioso. La nación cree que se va a “descoñetar”, “ ir por un barranco”, “al despeñadero”, como si la venezolanidad andara sobre un par de patas enclenques, destinadas a tropezarse por un precipicio. En el porvenir no hay opción distinta al “desmadre”, “estallido”, “guerra”, “golpe”, porque el conflicto político no puede terminar con un suspiro de alivio tras un apretón de manos. Quienes se preocupan por la historia en este país (cada vez son más) argumentan que esto solo puede terminar mal. Por ahora, no ha pasado. Pero las imágenes del mismo Hugo Chávez por todas partes recuerdan que los “por ahora” hay que tomárselos en serio.

Los primeros meses aquí no sentía tanto temor y pensé, ingenuamente y soberbiamente, que era por ser colombiana. Tengo recuerdos de infancia de los bombazos del narcotráfico de los 90, estuve en un retén de la guerrilla, y como periodista, he escrito más de una decena de historias de víctimas y victimarios del conflicto armado. Creía que tenía el cuero duro y que las quejas de la inseguridad, los atracos, y los crímenes de la delincuencia común que contaban mis amigos venezolanos me resultaban exagerados y jamás comparables con el nivel de violencia que por décadas ha campeado al otro lado de la frontera.

Pero no duele menos el tiro de un atraco callejero o de bala perdida que el de una operación militar o un ajusticiamiento. Puede ser igual de apabullante caminar en una zona donde hay minas antipersona a estar metido entre la turba, en plena manifestación política. Puedes sentirte tan intimidado con la amenaza telefónica de un cacique político corrupto colombiano, como con la voz de un funcionario de tercera de un ministerio del gobierno venezolano. Así que no es ninguna virtud sacar callo, y no me ha servido de nada, ni aquí ni allá, hacerme la macha y decir que algo “no me da miedo”.

No soy inmune. Hace unos meses me acosté a dormir temprano. A media noche me desperté sobresaltada porque me pareció escuchar una explosión. A pesar de las cortinas, se había iluminado el cielo. Imaginaba que había sido una bomba lanzada por militares golpistas al aeropuerto de la Fuerza Aérea de La Carlota. Corrí a la ventana y me di cuenta que llovía. Solo había sido un rayo.

Hace menos de dos semanas, me pasó algo similar. Me desperté por un ruido ensordecedor de pólvora y cohetones a media noche. No sabía que los fanáticos del equipo de béisbol Magallanes estaban celebrando el partido final de la serie. Sólo pensé que ese “algo” estaba “pasando”. Fue después de revisar los mensajes jubilosos de fanáticos en twitter que entendí por qué era todo el alboroto.

Trato de ser tan racional como cabe en este país de paranoicos, pero confieso que cuesta mantener los nervios intactos (y es imposible decirle al cerebro que se mantenga firme cuando estoy durmiendo) cuando el mismo presidente habla cada tercer día de conspiraciones, atentados, golpes, planes magnicidas y al mismo tiempo dice que será “implacable”, que no le importa que lo tilden de “dictador”, y alza el tono de voz cada vez que amenaza a sus enemigos y les advierte que “no me subestimen”.

Y al chavismo no hay que subestimarlo porque ha mostrado ya su capacidad de ejercer dominio sobre los demás, violando todo tipo de reglas y cometiendo arbitrariedades. Y tampoco hay que subestimar a ciertos sectores de la oposición, que son capaces de acudir a métodos igual de extremos y de radicales para provocar. Porque sí, en este país los locos militan en todos los bandos.

La semana pasada fui a un foro académico sobre economía. El chiste en la puerta de entrada, cuando le entregaban un panfleto a todos los asistentes era, “a la salida reclama un fusil”. Me dejó de sonar a broma cuando hubo oportunidad de hacer preguntas a los panelistas y un señor dijo que era necesario hacer una nueva revolución armada. Y en vez de chiflarlo, muchos en el recinto lo aplaudieron.

Al interior de ambos bandos hay divisiones y pareciera que, tanto entre chavistas como entre opositores, las que están haciendo más ruido últimamente son las de los radicales. No hay como saber hasta qué punto estas fracturas pueden terminar atentando contra el gobierno. No hay información y no hay como acceder a ella. Intentamos interpretar correctamente las declaraciones, tratamos de buscar otras apreciaciones. Pero cada vez hay menos periodismo, menos reportería, menos datos. Y cada vez hay más propaganda, más opinión, más especulación. Quizás son los ingredientes perfectos para que ahora sí “pase algo”.

Y mientras convivimos con la amenaza permanente de un enfrentamiento político violento y generalizado (porque protestas aisladas y la represión que las acompaña empiezan a ser cada vez más frecuentes) o se produce un golpe frío, esperamos que esa otra violencia, la del lumpen criminal desbordado, no nos alcance.

Hace dos semanas estuvo cerca. Una banda armada atracó el edificio de enfrente. Se hicieron pasar por guardias de la PTJ y saquearon todos los apartamentos. Desde mi ventana, a oscuras, vi la “operación” de la policía que cerró la calle y corría armada con fusiles y cascos. No arrestaron a nadie. Y “no pasó nada”.

Así que me parece que el miedo es lo único que está pasando en toda Venezuela. Se mete sutilmente, de casa en casa, hasta imponer entre la gente un auto toque de queda. Lo demás, no hay como saber cuándo pasará, si pasa.

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La marcha triste

Me había acostumbrado a que cualquier marcha política en Venezuela terminaba en fiesta. Pero ayer no hubo música, la situación no estaba para bailar, para aplaudir y gritar vivas, ni para pasarse de tragos. O talvez sí, pero para diluir en alcohol las preocupaciones y el pesimismo que estaban presentes ayer en muchas de las caras de los opositores, que no obstante, posaban sonrientes ante las cámaras cuando asomaba el lente.

La del 23N ha sido la concentración política más triste en la que he estado desde que llegué a este país. Y no lo digo por la asistencia, realmente es imposible calcular cuánta gente había en la calle, y alrededor de la inmensa fuente rodeada de grama, que domina Plaza Venezuela. Lo digo, sobre todo, por el estado anímico colectivo que percibí, menos animado que de costumbre. Bastaba leer un par de carteles, hechos a mano, con billetes de bolívares que ya no valen nada y por eso no importaba pegarlos en una cartulina, o con los empaques de comida o de jabón que ya no se consiguen y ahora son recuerdo. Billetes y paquetes desechables, testimonios de la escasez y la inflación, que si bien no han faltado en otras marchas, ayer pesaban el doble.

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Como pesaron las palabras de Henrique Capriles, que en vez de aliviar la pesadez con su discurso, no ofreció consuelo alguno. “Hay personas que creen que el país tocó fondo, esto se puede poner peor”, dijo. Quizás, por eso mismo, fue más sincero que nunca. No hizo las típicas promesas de político en campaña, solo habló de la necesidad de que la oposición saque más votos que el oficialismo en las elecciones municipales el 8 de diciembre. Eso no cambiará al presidente, pero es como una prueba para medir la fuerza electoral opositora, y si la pasa, convocar entonces a un proceso constituyente, para salir, por la vía democrática, insistió, del actual régimen. Ese que para muchos de los que estaban allí presentes, hace rato dejó de ser democrático. “Pueblo, madura, esto es dictadura”, coreaban a ratos. 

El mismo Capriles había despertado al país opositor, urbano y de clase media, que revisa el twitter a primera hora de la mañana, ante el vacío informativo que sienten que se ha instalado desde que Globovisión cambió de dueños, con una noticia característica de regímenes autoritarios. Según Capriles, la inteligencia militar había golpeado y se había llevado secuestrado a las 2 de la mañana a uno de los hombres de su equipo de trabajo, y director de Primero Justicia en el estado Zulia, Alejandro Silva. Pasado el medio día, cuando el “flaco” daba su discurso en la calle, retando a Maduro a que viniera por él en vez de perseguir a sus colaboradores, aún no se sabía su paradero. Solo aparecería hacia las 6 de la tarde, en Caracas, después de haber permanecido horas entre las instalaciones de la División de Inteligencia Militar en Boleíta, como me comentó anoche un militante cercano a Silva de Primero Justicia.

Lo más preocupante es que el mismo Nicolás Maduro, que ayer estaba de cumpleaños y recibiendo a los reyes de los Países Bajos mientras se celebraba la marcha en su contra, había dicho que arrestarían a líderes de la oposición en los próximos días. El temor era que fuera directamente contra Capriles, el ex alcalde de Chacao, Leopoldo López o la diputada Maria Corina Machado, a quienes ha señalado como la trilogía del mal. “Está cantado que la represión continúe”, advirtió Capriles a sus simpatizantes. “Si eso pasa, nadie tiene que decirles qué hacer. Ustedes solitos salgan a las calles”.

Viendo la marcha de ayer, me pregunto, si eso llegara a suceder, cuántos opositores saldrían a la calle a exigir que lo liberen. La marcha de los auto convocados hace 15 días fue un fiasco, la que están tratando de convocar para el 30, puede ser igual. Un grupo de 10 jóvenes, irrumpió ayer en Plaza Venezuela con la consigna “No estamos en campaña, estamos en protesta”. Y muchos de los que estaban alrededor los miraban como extraterrestres.

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El concepto de “protesta” callejera en Venezuela parece reducirse a pequeños “happenings” de grupos de estudiantes, vinculados sobre todo al partido Voluntad Popular, que son más tropeleros que los demás. Pero no existe, al menos aún, un espíritu colectivo suficientemente fuerte para marchar y exigir el respeto de sus derechos como ciudadanos ante el gobierno. Como si esos no fueran motivos suficientes para salir a la calle. El temor a la represión puede incidir, pero también la comodidad y la superficialidad. Si no hay una orquesta animando o una súper estrella encabezando la marcha, no hay motivo para asistir.

Los venezolanos opositores se quejan por todo. Pero convertir esos motivos en motivación es distinto. ¿Qué motivó a la juez María Lourdes Afuini a asistir a la marcha de ayer? Supongo que aguantar 3 años de cárcel, el haber sido violada, el deterioro de su estado de salud, un juicio que no ha terminado, y una libertad condicionada son motivos suficientes. Quise preguntarle directamente por qué estaba allí. Pero me dijo que, aunque se “moría de ganas”, no podía dar declaraciones a los periodistas. Sí podía marchar, sin embargo. Caminaba tranquila entre la gente, le abrían el paso, la aplaudían y le gritaban: “valiente”. La expresión en su cara, con el rimel de los ojos medio escurrido, era tranquila y alegre. Se dejaba tomar fotos y dar abrazos de otros extraños que la miraban incrédulos.

Como ella, otros venezolanos habían ido solo a hacer presencia, sin gritar una sola consigna, sin hablar con los demás, quizás porque el silencio es buen compañero en momentos difíciles, así como también puede ser más sabio abstenerse de cualquier acción. Un hombre, ya mayor, me confesó que ésa era la última marcha a la que asistiría, no porque hubiera estado muy mala, sino porque se iba del país. Me dijo que como él era demasiado “cabeza caliente”, y odiaba tanto a quienes están en el gobierno, había decidido marcharse. “Es que yo soy el propio pa meterle un tiro a esa gente”.

“Esa gente”, es gente, y tiene hasta parientes en común con la oposición. Uno de ellos, David Maduro, estaba ayer entre la marcha, con un sombrero blanco, que cubría su cara llena de pecas. Al principio, no quiso decirme su apellido. Una vez se relajó explicó que era familiar lejano del presidente, pero que también era primo hermano del papá de Capriles y que estaba ahí para apoyar a “Henrique”. Le pregunté si había pensado irse del país y me contestó sereno: “Venezuela tiene que cambiar. No he pensado en irme para ningún lado.” El problema, para la oposición, es que Nicolás Maduro y los chavistas, tampoco.

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9N: de no te lo puedo creer

El 9 de noviembre pintaba como un día noticioso. Eso creía yo desde temprano, pero por razones equivocadas. Días atrás había visto en redes sociales que se estaba moviendo una convocatoria a una marcha contra el gobierno de Nicolás Maduro. No era una marcha organizada, al menos no abiertamente por la oposición. Se suponía que era “ciudadana”, por eso la llamaron en twitter, “la autoconvocada”. Era la oportunidad de ver, si aún existe aquí, eso que llaman “la sociedad civil venezolana”.

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La cita en Caracas, pero también en otras ciudades del país era a las 10 de la mañana. Pero a esa hora, la noticia ya era otra. La noche anterior, el presidente Nicolás Maduro, había anunciado por televisión nacional medidas contra una cadena de almacenes de electrodomésticos. Según el gobierno, en estas tiendas se estaba cometiendo un crimen contra la patria. Usura, fue la palabra que el gobierno utilizó para condenar, de ante mano, a los dueños de estos locales que vendían su mercancía con supuestos sobreprecios de más de 1000 por ciento.

Algunos comerciantes fueron detenidos y Maduro decretó bajar los precios de los televisores, neveras, licuadoras, planchas, etc. a más de la mitad. Dicha total. Se adelantó diciembre. No es por amargar las fiestas pero, independientemente de que sean ciertas o no las evidencias de delitos por parte de estos empresarios, (la palabra “usura” no aparece ni una sola vez en el código penal venezolano) lo que se conoce como debido proceso en cualquier Estado de derecho fue violado una vez más. 

Pero a quién le importa el Estado de derecho, cuando la meta del gobierno es lograr el Estado de suprema felicidad. Si se adelanta la navidad y la parranda por decreto, que comiencen también las compras decembrinas en noviembre. Como los venezolanos gastan más de lo que necesitan -soy consciente que estoy haciendo una generalización cultural y que me perdonen mis amigos si se sienten ofendidos con ella- muchos de ellos no tardaron en salir a las calles. Anteanoche no importó la inseguridad, y el miedo al malandraje que deambula en la oscuridad buscando víctimas. Ante la promesa de encontrar pantallas plasma a mitad de precio al día siguiente, el país amaneció valiente. Y garoso e impaciente.

A las 7 de la mañana, fueron reportados los primeros saqueos a una de las tiendas de la cadena Daka, en la ciudad de Valencia. Luego empezaron a circular por redes sociales, y en algunos medios de comunicación, las fotos de la Guardia Nacional y de la policía sacando equipos electrónicos. ¿Salvándolos o robándolos? No sé, no me consta. Maduro no ordenó los saqueos pero condenar de “saqueadores” a los empresarios (así lo sean, pero esperemos el juicio Presidente) en televisión nacional y no hacerlo tan enérgicamente con el pueblo ladrón, legitima sus acciones. Quizás no se le puede pedir a Maduro algo distinto, si el mismo Chávez justificó el robo por necesidad. Pero lo que ocurrió ayer, de necesario no tiene nada, y como todo lo que pasa con las muchedumbres que se salen de control, si bien puede ser espontáneo, pasional, impulsivo, sí respondió a una decisión de alto gobierno, calculada.

Puede ser mera coincidencia, pero queda la duda. ¿Por qué el sábado, 9 de noviembre? ¿No podían haber escogido otra fecha para que, al menos a los que nos preocupan las coincidencias históricas, no hubiéramos caído en la tentación de hacer el paralelismo? Cómo no hacerlo cuando el 9 de noviembre de 1938, los nazis ordenaron atacar los negocios de los judíos en Alemania. El gobierno venezolano lleva meses hablando de  la “guerra económica” que libra contra la “burguesía parasitaria”, encarnada en empresarios y comerciantes. Pareciera que son el “untermensch”, o subhombre que el chavismo pretende eliminar, no creo que físicamente, pero sí económicamente. Y, al menos en Valencia, también hubo cristales rotos.

De cristales y de gemas, 1362 de ellas incrustadas en la séptima corona de Miss Universo que se lleva Venezuela, como país potencia en “belleza”, terminarían hablando miles, espero que no millones (o más bien millonas en el Newspeak madurista) de venezolanos en la tarde del sábado.  A la hora en que la valenciana María Gabriela Isler era coronada, yo pasaba enfrente de uno de los almacenes Daka en Caracas, en donde la gente seguía haciendo filas, y cargando cajas de equipos electrónicos, como si se los hubiera traído el mismísimo Niño Dios.

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Como en Venezuela toda tragedia es susceptible de transformarse en comedia, no faltaron los comentarios en twitter que ingeniosamente mezclaban las dos noticias gordas del día: “El plan de hoy: ver a Miss Universo en mi nuevo televisor robado”. Los “autoconvocados”, a esa hora, ya eran práctimente inexistentes, también en el mundo virtual.

El día no podía terminar sin una nueva cadena nacional. El presidente Nicolás Maduro, apareció presentando una nueva edición de Notipatria y advirtió que se vienen más operativos por el estilo en TODOS los sectores. De paso, ordenó cerrar las páginas web que reportan la tasa del dólar paralelo, que según Maduro, la fijan como por capricho, los empresarios de la derecha que ni siquiera viven en el país.

Porque así como el gobierno cree que el dólar paralelo es un fantasma, y no la moneda por la cual se rigen muchos sectores de esta economía dolarizada de facto, también parece creer que con anuncios mediáticos las cosas se hacen realidad. Antes de terminar su cadena, Maduro preguntó qué titular resumiría lo que sucedió ayer en Venezuela. Y Ernesto Villegas, su ex ministro de información y ex periodista, hoy político, le contestó que dentro de un nuevo género, que él bautizó como “periodismo de predicción”, sería: “Los precios van pa abajo”. 

El titular y el nuevo género entraría entre los casos de estudio de ética periodística de cualquier facultad de comunicación. “Los precios van pa abajo” es un título mágico que esconde al responsable de la acción: al gobierno que inauguró un control de precios a la brava y a una “sociedad civil” que sacó provecho, comprando y robando el televisor que soñaba, en el que pudo ver a su reina coronada. La mujer más bella de todo el universo no podía creer que había ganado. Yo aún no puedo creer lo que pasó ayer en Venezuela.

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De Christopher Hitchens a Hugo Chávez o Vivir muriendo

Cuando uno de mis amigos venezolanos supo que volvía a Venezuela a reportear en momentos de gran incertidumbre por el delicado estado de salud del presidente Hugo Chávez, me pidió que le llevara el último libro de Christopher Hitchens, Mortalidad. En él, Hitchens narra la tortura que padecía en el hospital donde lo pinchaban con agujas asesinas hasta encontrar sus esquivas venas, la forma como fue perdiendo todo el vello de su cuerpo hasta quedar andrógino, y claro, lo más duro para un orador como él, perder la voz. Hitchens llenaba auditorios, era un maestro de la palabra y un gran “entertainer”. Por eso, perder la capacidad de pronunciarse, de declamar, de debatir, de contar, era perder su vida. Eso efectivamente sucedió en el último tramo que él describió como  “vivir muriendo”.

Cuando leí lo de “vivir muriendo” recordé instantáneamente el lema de una de las misiones de Chávez, la de vivienda: “Vivir, viviendo”, que salió de un discurso en el que dice que el capitalismo condenó a los pobres a “vivir muriendo” en barrios miserables y que su revolución quería precisamente darle vida “verdadera” al pueblo venezolano.

No tengo la certeza de que el Comandante haya logrado enteramente darles una vida plena a tantos venezolanos que aún siguen en la pobreza. De lo que no me cabe duda es que su voz, oida por última vez el pasado 8 de diciembre, es ya una leyenda, no sólo en Venezuela, sino en el mundo entero. Su voz fue el mejor instrumento de poder para encantar con gracia a sus simpatizantes o atacar sin misericordia a sus adversarios. Sus discursos, sus chistes, sus frases, se escuchan en la televisión, en la radio, y se ven escritas en pancartas y murales propagandísticos de algunas de las misiones de su gobierno, que ante todo, ha sido muy efectivo en comunicación. Porque ésta ha sido, ante todo, una revolución liderada por micrófono.

Ignoro cuál sea el verdadero estado de salud del presidente. Los rumores en Caracas sobre su condición le dañaron el almuerzo a más de uno el martes por la tarde. También fueron motivo de desvelo el lunes en la noche, luego de que el ministro de información, Ernesto Villegas, dijera que estaba “muy grave”.  Se supone que Chávez ya no puede hablar, pero me pregunto si volverá a pronunciar palabras, y si lo último que iba a decir, ya lo dijo. Las de Hitchens, según uno de sus representantes literarios, que lo vio despertarse por breves instantes antes de morir fueron “Capitalismo, ruina”……….

El anterior párrafo fue lo último que escribí antes de escuchar las palabras de Nicolás Maduro, anunciando la muerte de Chávez el pasado 5 de marzo por televisión. Abandoné la escritura de esta entrada de blog, con la que se suponía iba a inaugurarlo, para irme al hospital esa noche. Allá estaba la noticia. Pero en realidad no estaba ahí. Todavía desconocemos realmente cuál es la verdadera historia sobre la muerte de Chávez. Mientras tanto solo podemos conformarnos con la verdad oficial de su muerte y de sus últimas palabras, que según el gobierno venezolano fueron:  “No quiero morir, no me dejen morir”. No sé si Chávez realmente dijo eso, lo que sí sé es que su gobierno pareciera haber tomado esas palabras como una orden, porque han pasado meses y el país sigue como en estado de negación. Quisáz es porque en vez de hacerle el duelo, el gobierno ha hecho hasta lo imposible para no dejarlo ir.

El duelo por el Comandante ha sido instrumentalizado por sus sucesores, aunque Hitchens quizás lo hubiera descrito en términos más fuertes, quizás como una “necrofilia politizada” como tildó el culto de Chávez por el cadáver de Simón Bolívar. Hitchens también se percató de la tendencia megalomaniaca, la paranoia, y una debilidad extraña del Presidente por los hechizos y encantamientos, y le resultaba increíble que Chávez quisiera hacer lo mismo con el cadáver del prócer bolivariano, como lo hicieron en Corea del Norte con el de Kim II Sung.  ¿Qué diría hoy Hitchens de la necrocracia chavista, socialista y bolivariana que han creado los sucesores del “comandante eterno”? Quizás que el título es un eufemismo para una república encantada por un “muerto viviente”.

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Sigo indocumentada

Tengo visa pero sigo “indocumentada”. Así es como he decidido definir mi estatus permanente en Venezuela, porque hay muchas cosas de este país que aún no comprendo. Entre ellas, lo engorroso que resultó formalizar mi condición de inmigrante legal.

Pasé varias horas yendo y viniendo a las oficinas del Ministerio de Información y del SAIME (Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería), hice innumerables filas, llené formularios, posé como presidiaria para la foto de rigor que aparece hoy en mi visa, escribí cartas, tramité certificados, desempolvé mis títulos universitarios para sacarles fotocopias, actualicé mi hoja de vida, y entregué mi contrato laboral al gobierno.

Hasta ahí el proceso realmente es parecido en cualquier lugar del mundo que tenga una burocracia respetable. Pero lo que nunca había experimentado en ninguno de los otros cuatro países en los que he vivido como alien, tres del primer mundo, y Argentina, que se lo cree sin serlo, es la preocupación que existe en Venezuela por no importar enfermos. Y no es contaminación ideológica, no me hicieron ninguna pregunta sobre mis inclinaciones políticas, ni se fijaron qué tan lavado tengo el cerebro por el imperio. No, lo que me imagino que no quieren en su patria son elementos que puedan desestabilizar al sistema por dos vías: inoculando alguna “vaina” al mismo presidente, o chupando, cual sanguijuela, los recursos de un sistema de salud artificialmente barato, y por eso mismo, insostenible.

El mensaje es claro cuando te piden exámenes de orina, heces, y sangre que revelan si estás embarazada, si consumes drogas, si tienes amebas en tus intestinos, si tienes suficientes glóbulos blancos, si eres seropositivo o tienes hepatitis B, en fin. Otros países también piden certificaciones médicas o vacunas para ingresar a su territorio, y aunque eso es entendible, desde un punto de vista económico (tratamientos y medicinas costosas) y social (hay que prevenir las pandemias) no deja de parecerme invasivo. Y me resulta incomprensible que haya tenido que sacarme los mismos exámenes médicos en Caracas y en Bogotá.

Intenté argumentar en el consulado venezolano en Colombia que me los había tomado hace menos de un mes en Caracas, pero la funcionaria diplomática que me atendió, impecablemente vestida y muy amable, simplemente sonrió y dijo que debía presentar los requisitos completos en Bogotá para obtener la visa (tampoco entendí por qué me hicieron salir de territorio venezolano para expedir el sello).

En ese instante la miré, desde el otro lado de la ventanilla (¿será blindada?) con ganas de desahogar mi frustración acumulada, porque no podía creer que tendría que dejarme pinchar los brazos otra vez (sudo frío porque a mis venas les encanta jugar a las escondidas con las enfermeras), ir al baño en frasquitos de plástico nuevamente, y volver a una consulta médica (citología incluida), aunque sabía que no me había contagiado de nada, porque en un mes no me había picado ni el bicho del amor y ya me había vacunado contra cualquier otra enfermedad tropical para optar por la visa. Me contuve, sin embargo. Le di mi mejor sonrisa a la funcionaria y le dije: “Perfecto, yo le traigo lo que hace falta“.

Salí corriendo a urgencias. Cuando la médica del servicio de salud prepagado colombiano me preguntó qué me pasaba, le dije que no tenía ningún problema de salud, que se trataba de una “emergencia diplomática”, y le conté que necesitaba una orden para volverme a tomar los mismos exámenes que reposaban en lo que equivale al Ministerio de Relaciones Exteriores en Venezuela. A ella le pareció tan absurdo como a mí (¿no podían enviarlos por fax o escaneados por correo electrónico?) pero me ayudó, y de paso me dio su opinión. “No entiendo por qué quiere irse a ese país”.

Antes de salir de “ese país” me había tocado, además, llevar todos los exámenes a un centro de salud del gobierno para que los aprobaran. El taxista que me llevó al lugar se perdió porque quedaba en una zona industrial, a la que, según me dijo el portero del mismo centro, no debía llegar tan temprano porque me podían atracar haciendo fila mientras abrían. Pero no podía llegar tan tarde. A las 2 p.m. ya no repartían turnos. No entendí muy bien a qué se refería, pero volví al otro día a las 8 de la mañana. No sirvió de nada porque la primera tanda de turnos ya había sido repartida y ahora debía esperar hasta las 12, cuando asignarían los de la tarde.

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En la sala de espera, que más bien podría llamarse “salita de cola”, había ya cuatro personas esperando en unos asientos plásticos verdes, ubicados en un patio con teja que calentaba como invernadero. Allí esperé no solo hasta las 12, cuando repartieron los turnos, sino hasta las 2 de la tarde, cuando finalmente me hicieron subir al segundo piso, donde había dos enfermeras. Una de ellas ya había mojado una mota de algodón en alcohol y tenía una jeringa lista para vacunarme. Le dije que no venía a eso sino a presentar mis exámenes médicos para que certificaran que estaba bien de salud y que podía trabajar en Venezuela. La otra enfermera me dijo que si quería trabajar en su país, tenía que ponerme la vacuna anti tétano, que exhibía su compañera, y de cuya jeringa ya había hecho salir un chorrito.

Le pregunté cuánto costaba y respondió con una sonrisa de oreja a oreja, orgullosísima, que era totalmente gratis, porque el sistema de salud de Venezuela, a diferencia del de otros países no cobra por las vacunas. Miré la jeringa, y se me ocurrió preguntar si era nueva, y la enfermera contestó enfadada que “por supuesto“. Resignada, me remangué la camiseta, y ella, feliz, me chuzó con ganas.

Mientras me recuperaba del pinchazo me llamaron de nuevo al piso de abajo donde presenté todos los exámenes. Al revisar mis documentos, la enfermera se confundió con mi apellido.

“¿Lobo-Guerrero?”, indagó.

Sí, es uno solo”, le expliqué.

Se rió. Luego vio el segundo.

“¿Correa?”, preguntó.

Asentí y se volvió a reír.

Luego me dijo: “Chama, tú con esos nombres tienes que tener tremendo genio“. Y yo me reí con ella esta vez.

Pero a la enfermera jefe, que estaba a su lado, y que debe tener “tremendo genio”, no le causó gracia. Me lanzó su mirada mata carcajada, le quitó el pasaporte a su compañera y revisó los exámenes. Sin dejar de hacer mala cara, estampó firma y sello. Aprobado.

El “aprobado” en Bogotá fue muy distinto. Nada de pinchazos adicionales, nada de turnos, ni horas de espera. La dulce doctora que se apiadó de mi “emergencia diplomática” simplemente escribió, de su puño y letra, en una esquela médica, lo siguiente: “No posee ninguna enfermedad infectocontagiosa. Puede convivir en sociedad.”

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Privilegiada escasez

Esta es la confesión de cómo fui asumiendo eso que llaman vivir en la “escasez”. Uno se va acostumbrando, casi sin darse cuenta. Pero es importante dejar el testimonio de lo que sucedió. Cómo fue que eso que en un primer momento causó tanto impacto por inusual o anormal terminó volviéndose ritual cotidiano.

Quiero aclararlo de entrada, a mi todavía me parece anormal tener que ir a varios supermercados para tachar todo lo que he apuntado en la lista para comprar. No es normal tampoco hacer fila desde la madrugada, antes de que abran las puertas de la tienda para ver qué trajeron. (cosa que no hago pero sé que otros sí) Ni tampoco me acostumbro a tener que hacer una fila de más de media hora para pagar por lo que encontré.

En 3 meses que llevo en Venezuela solo he podido comprar mantequilla en una ocasión. No es algo indispensable en mi dieta, pero me gusta más el sabor de los huevos fritos en mantequilla, no en aceite. Por eso el día que finalmente la vi, compré 3 bloques de un tacazo. La verdad es que no he podido ni terminar la mitad del primero, pero de pensar que quién sabe cuándo volvería a encontrarla, medio escondida en una de las neveras, decidí comprar más de lo que puedo consumir antes de que se ponga rancia. Para que eso no sucediera, las guardé en el congelador, en vez de la nevera. Pregúntenme como hago ahora para esparcirla.

Lo del papel higiénico ha sido un rollo. La primera vez que fui a hacer mercado lo busqué por todas las góndolas, y como no vi, de ninguna clase, resolví preguntarle a un empleado del local que en dónde estaba. Su repuesta, entre burlona y regañona, fue: “Chama, para qué me preguntas,” y me despachó con una mirada odiosa. Luego entendí que el señor no tenía un severo problema de actitud frente a los clientes sino que mi pregunta había estado fuera de lugar.

Durante el tiempo que llevo aquí, solo he logrado comprar 8 rollos. Los primeros cuatro fue porque tuve suerte y justo cuando estaba en el mercado más cercano a dónde vivo, un típico barrio de clase media de Caracas, trajeron unos paquetes, aunque no fueron de muy buena calidad. En los últimos días ha circulado un rumor que van a traer papel desde la China, pero que ese no se puede usar, así lo den gratis, de lo anti higiénico que es.

La segunda vez que conseguí fue la semana pasada. Estaba reporteando sobre el tema en una de las mega tiendas Bicentenario del gobierno y la gente empezó a aparecer por los pasillos con paquetes de papel. Paré de tomar notas y apuntar precios en la libreta y salí medio desesperada a rastrear un paquete para mí. Logré hacerme a dos antes de que desaparecieran. Me quedé con uno y el otro se lo di al taxista de confianza, al que a veces contrato, y que se había quejado ese día de lo difícil que estaba la situación, no solo en Caracas, sino también en Cumaná, donde vive su familia. Los cuentos de escasez al interior de Venezuela son para llorar.

Lo peor de que haya escasez de papel higiénico es el sentimiento de culpa. Hace dos semanas me dio gripa. Mi nariz no paraba de moquear, cual tubo roto, y no podía evitar tener que limpiarme todo el tiempo. Me sentía abusiva por estar sonándome con un bien tan escaso. Y es que el papel toalé es tan lujo por estos días que un amigo me confesó que ahora va al baño y luego se mete de inmediato a la ducha para no gastarse el rollo en su rutina de evacuación matutina.

La culpa, la angustia, el miedo, eso es lo que hace que la gente, tanto en los sectores más pobres como en los más ricos de la ciudad, haya mutado a una nueva especie, la de los “compradores nerviosos”. Cuando hay pollo, papel, aceite de maíz, y la tan famosa harina pan con la que los venezolanos hacen sus arepas, en vez de comprar un paquete, compran cuatro de una vez. No agarran más porque los supermercados imponen límites a la necesidad o a la “garosería”, que según los economistas y el gobierno empeora el desabastecimiento. Aunque ellos no utilizan ese término, prefieren llamarlo “recalentamiento” o “consumismo excesivo” o algo así.

Yo no desconozco que hay gente que está haciendo un negocio millonario comprando lo que puede a precios controlados para revenderlo a precios descarados en un mercado paralelo floreciente en la calle o incluso al otro lado de la frontera. Pero cuando veo a la mayoría de venezolanos en las filas, no veo en sus caras una estrategia conspirativa ni malandra. Veo a hombres y mujeres que lentamente fueron desarrollando esa neurosis que hace que compren más de lo que realmente necesitan para surtir el “arsenal” que han ido armando en las alacenas de sus casas. Esa manía, o quizás se llame instinto de supervivencia, entre quienes temen que un día realmente no se consiga nada, en ningún lado, ha terminado en severas insultadas y una que otra trompada. Qué locura, pero las peleas están empezando a ser pan de todos los días.

Y no es cuestión de hambre. No creo que en estos momentos la cosa esté tan grave, aunque lo que cuentan compradores que viajan durante varias horas para comprar alimentos en la capital, denota un desespero mayor al que se siente en Caracas, donde además hay una activa red de twitteros que van informando al instante que llegó margarina a tal punto o que hay harina en tal lugar. Me pregunto hasta cuándo durará tanta solidaridad anónima en las redes si el asunto empeora. Lo que más me aterran son los mensajes de vida o muerte de personas que tienen insuficiencia renal o cardiaca, o alguna condición y no consiguen un medicamento específico. Eso sí es motivo para perder la cabeza.

Como no quiero que la escasez perturbe mi sanidad mental, he optado por asumir una estrategia diferente. He decidido que mientras esté aquí, y mientras mi cuerpo lo aguante, tendré una dieta variada a la brava. Si un día no encuentro un alimento, pues comeré otra cosa. No tengo tiempo de jugar “busque el tesoro” por las tiendas de la ciudad, y por fortuna, no tengo que preocuparme de alimentar a una familia en crecimiento de manera sana y equilibrada. Tampoco tengo que “saltar matones” como tantos venezolanos que sufren cada vez que se enfrentan al total de la caja registradora, y aún puedo darme el lujo de satisfacer algunos gustos culinarios, de “burguesa” dirían los chavistas, que como casi todo lo que se come en Venezuela, es importado: queso peccorino, cerezas en frasco y vino argentino o chileno. De eso siempre he encontrado, y a veces compro, aunque cada vez está más caro. Lo digo con un poco de culpa y con la preocupación de que un día de estos, al paso que vamos, pierda mi estatus de privilegiada en la escasez y termine convertida en una compradora nerviosa más, que con ansiedad compra lo que puede y no lo que quiere.

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