El fin de la felicidad

Al llegar a Venezuela hace tres años abrí este blog. Lo bauticé en honor a Gabo, “Cuando era feliz e indocumentada”. El título tiene algo de nostalgia para el escritor y le hace juego a ese dicho tan venezolano: Cuando éramos felices y no lo sabíamos. Después de lo que sucedió la semana pasada, cuando miles de colombianos fueron deportados, (la xenofobia ha estado latente por años pero ésto es un cálculo electoral del gobierno) creo que la felicidad en Venezuela llegó finalmente a su fin, o ha quedado postergada, para esos colombianos y para mí.

No creo en patriotismos, no me siento más colombiana o menos por lo que les sucedió, no me siento herida en un orgullo nacional que la mayoría del tiempo carezco. Nadie me deportó, no me derrumbaron mi casa, ni huí por entre el río con lo poco que pude a cuestas. Pero escuchando los testimonios de estas personas, me reconocí en ellos porque he sentido también el peso aplastante de un país que aún se llama Venezuela pero ya no es el mismo.

Pudiera haber archivado estas fotos, como tantas otras que he ido acumulando en viajes periodísticos y se han quedado sin publicar. No soy reportera gráfica, tomo fotos para el recuerdo, para dejar constancia, para que mi memoria visual no me traicione cuando trato de escribir sobre los hechos. Pero esta vez he decidido compartirlas, junto con el testimonio del alcalde de Cúcuta, Donamaris Ramírez. Sus palabras las recojo porque cuando otro periodista y yo lo abordamos al borde del río, él estaba viendo y escuchando lo mismo que nosotros por primera vez. Y creo que en ese momento, mientras intentaba darnos una explicación como autoridad, trataba de explicarse a sí mismo lo que sucedía en una frontera que ya no era la misma.

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