Chavismo en puntas de pie

Alguna vez quise ser bailarina de ballet. Sobre todo a los 9 años, cuando iba dos veces por semana a donde la profesora Estela, una bailarina retirada que tenía un estudio improvisado en el garaje de su casa. Era un juego de niños, más bien de niñas, en trusas rosadas y zapatillas con lacitos, que girábamos y brincábamos sin ningún tipo de coordinación o gracia, al ritmo de cualquier pieza clásica de algún compositor ruso o francés. Eramos felices practicando coreografías que creíamos inventadas en otras épocas y otras tierras, de príncipes y princesas. Un mundo mágico, feliz, y muy rosado.

Pero eso era 1989, antes de que yo colgara las zapatillas. Antes de que yo supiera lo que era una noticia. Antes de que me interesara la política. Antes de que tuviera mucha noción de un país llamado Venezuela. Antes de que el futuro fuera incierto y rojo. Antes de que se hablara en términos de antes o después de Hugo Chávez. Antes de que existiera el MAIS (Movimiento de Artistas para la Integración del Sur) y el Ejército Comunicacional de Liberación y antes de que las Rosell fueran las Rosell, bailarinas y creadoras de una obra de ballet contemporáneo en homenaje al “Gigante” a ritmo de joropo, cuyo título es De Arañero a Libertador.

El título dice mucho para un venezolano, los extranjeros necesitamos explicación. Arañero es el nombre que le dieron al niño Chávez, el que vendía en el recreo las “arañas” o dulces de lechoza (papaya) que hacía su abuela. Libertador no necesita traducción, pero sí hay que decir que solo los venezolanos tienen esa devoción extrema por Bolívar, y que de todos los presidentes, solo Chávez resucitó su figura para copiarla en cuerpo y alma. El título, entonces, es el resumen perfecto de esa transformación de un niñito de la llanura profunda venezolana, en tonos pastel, que baila en alpargatas y juega béisbol, que crece a la sombra de un árbol mágico, hasta convertirse en un soldado patriota y emancipador de un país sufrido, que pasa en segundos de la oscuridad y el silencio, a los gritos, a los muertos, proyectados en una sucesión de imágenes que recuerdan el Caracazo y al expresidente Carlos Andrés Pérez. Todo a ritmo de tambores, como ráfagas de fusil.

De pronto, el teatro se ilumina y del cielo caen Chávez y los militares en camuflado y boina roja. Descienden por unas cuerdas haciendo unas piruetas acrobáticas formidables. La audiencia, estupefacta, queda encantada con la maroma y aplaude emocionada un golpe de Estado, el del 4 de febrero de 1992, que luego fracasa, como lo recuerda la misma voz de Chávez por los parlantes: los objetivos no fueron logrados “por ahora”. Pero el fracaso es convertido en triunfo, porque a partir de entonces, Chávez ya no es Chávez, Chávez siembra la semilla revolucionaria en el pueblo. Chávez es el rescatista de la historia y el elegido para continuar un legado que quedó interrumpido. Un legado de 500 años de lucha.

Por eso no puede faltar en el ballet la voz (aunque de niña me obligaban a guardar silencio y concentrarme en los movimientos porque el cuerpo tenía que decirlo todo) de los otros héroes de la patria, los revolucionarios originales, los de hace siglos: Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez.

“Amo la libertad de América más que mi propia gloria”, grita Simón Bolívar.

“O inventamos o erramos”, declara Simón Rodríguez.

“Contra la oligarquía, como cuero seco, si nos pisan por un lado, nos levantamos por el otro”, amenaza Ezequiel Zamora.

Chavismo puro. Las tres raíces que confluyen en el árbol, el samán que inspira el pensamiento revolucionario del Comandante, sumado a la bendición del espíritu de Maisanta, con quien baila zapateado a ritmo de arpas bajo los reflectores de una luz intensa y amarilla. Magia pura.

No aparecen otros espíritus políticos y otras sombras socialistas, ni las batallas que sí le permitieron llegar a Chávez al poder y mantenerlo: las electorales. Supongo que es demasiado aburrido inventar un ballet con gente saliendo a votar. Lo importante es la épica del héroe, no el marketing del candidato. Al final, antes de caer la cortina, Venezuela es un país que baila feliz. Así es que se construye un mito. Aplausos. El público emocionado grita: “Chávez vive, la lucha sigue”.

Y que siga la función, señoras y señores. Que siga el circo sin el pan. Con la caída de los precios del petróleo, lo que viene es joropo, no un pas de valse.

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