Venezuela daltónica

Alguna vez lo fui. Una rubia dorada. Una monita o catirita, o güerita. A los cuatro, sin embargo, mi cabeza ya había pasado del punto de caramelo a un melao oscuro. Me transformé en lo que las revistas femeninas extranjeras llaman “brunette”, a pesar del champú de manzanilla que me compraba mi abuela, una colombiana petite con un aire a lo Bergman.

“Ninguna de las dos fue capaz de sacar mis ojos azules”, nos dijo ella a mi hermana y a mi, medio en broma y medio en serio, mientras la veíamos una mañana, maravilladas, pintándose los párpados ante el tocador, donde tenía un espejito de madera, sospechosamente similar al de la madrastra de Blanca Nieves. Blanca se llamaba mi bisabuela y se llama mi mamá. Ambas se parecen más a la muñequita de la película clásica de Disney, que a la abuela con tonos de sueca. Y mi hermana y yo salimos como mi mamá. Blancuzcas, sí, pero con los ojos verdes, no azules, y el pelo un poco más oscuro. Así, aleatorios, son los genes.

Como en la familia materna hay tantos rubios, en algún momento sentí la obligación de serlo. Antes de los 20, ya estaba “iluminándome” la cabeza con químicos. Unos rayitos que dan luz pero te destruyen el cuero cabelludo y te quiebran las puntas. Ese fue el primer experimento capilar, por presión familiar y por probar si era cierto que las rubias se divierten más. No creo que la pasen mejor que las morenas, pero sí llaman más la atención por estas latitudes, donde no es natural, pero en donde se ha reproducido aceleradamente un híbrido: la pelipintada con agua oxigenada y raíces negras, que se destaca imitando a una europea.

Yo he pasado por italiana, argentina, francesa, española, israelí y me han dicho gringa en mi propio país. Fue en Quibdó, la capital afro del Pacífico colombiano, que no es que sea muy turística, y mucho menos de extranjeros. Mi color llamó la atención a unos niños que jugaban en el puerto y me saludaron con “hello”, en vez de “hola”. Se sorprendieron cuando les hablé en colombiano, pero con un tono más frío.

Donde me he sentido más exótica, caribeña y latina, fue en Dinamarca, donde viví por unos meses y notaba ciertas miradas gélidas, no tanto por mi apariencia o mi danés inservible, sino cuando subía el volumen de la voz, demasiado alto para una cultura en la que el espacio personal, la introspección, y las barreras, hasta de sonido, tienen límites estrictos. Por fortuna, se les olvidan con el alcohol.

Ser de una manera u otra no es solo cuestión de genes, también es una forma cultural aprendida y puede mutar. En Venezuela, donde la política tiñe todo tan intensamente, cambiaron los colores, especialmente el rojo. El “rojo chavista” saturó algunos ambientes. En otros, es prácticamente inexistente. Tal vez sea uno de los resultados más visibles de la revolución, y no es solo cuestión de tono, es la actitud, la forma de expresarse. Queda como mera anécdota, un baladí. Quizás por eso no cuenta. Pero cuenta tanto.

Me contaron desde que llegué a este país -muy entre nos- que había marcadas diferencias estéticas entre los seguidores de una tendencia u otra. Unos son más feos o más bonitos, más blancos o más negros, más finos o más rancios, más venezolanos o menos venezolanos. La moda neobolivariana, en tiempos de Chávez y Osmel Sousa, se diseñó a partir de prejuicios de clase y de raza -construcciones artificiales con motivaciones políticas y económicas que se han conservado en formol- y que ninguna revolución, ni política, ni sexual, ni científica -y mucho menos de estilo- ha transformado ni aquí ni en ningún otro lugar.

De todos los países, sin embargo, Venezuela podría ser uno de los más daltónicos. Incapaz de ver los matices. Lo entendí hace unos meses cuando fui a una convocatoria del partido de gobierno. No tenía camiseta roja, rojita, ni la de los ojos del “Comandante eterno”, ninguna insignia del PSUV y no portaba la gorra deportiva tricolor, con la marca del 4F, que es lo único que la distingue de la gorra enemiga. Alguna vez escuché al propio Nicolás Maduro decir que había sido un diseño original de Diosdado Cabello.

Tenía mi pelo suelto, unos jeans y una camisa negra abotonada hasta arriba, porque a diferencia de las venezolanas, a mi me cuesta ser tan democrática con mi escote. A pesar de eso, me fue bien en el evento. Nadie me dijo que no llevaba el atuendo apropiado o que tenía que vestirme con un color específico o peinarme distinto para poder estar ahí. No sabría decir si la razón por la cual pocas personas me hablaron era porque estaban concentradas en lo suyo, porque quizás son tan tímidos como yo, o porque tenían desconfianza, más que por la pinta, por andar tomando apuntes.

Las apariencias no engañan, engañamos cuando aparentamos. Y yo, ese día, fui yo misma. Al salir de allí me encontré con un opositor al que le conté donde había estado. Me abrió los ojos incrédulo y cuestionó por qué me había ido a “meter allá”. Otra opositora me preguntó si todo había “salido bien”. No entendía a qué se referían, hasta que me lo dijeron: parezco una “catira sifrina de Altamira”. En otras palabras, según ellos, tengo la apariencia de la caraqueña, rubia, de clase alta, esa que, según ellos, podría correr peligro en un mitin político chavista.

Además de catira, me verían como una escuálida, pitiyanki, vendepatria, burguesita, explotadora, sifrinoide, parasitaria, guarimbera, golpista, hija de la IV. Si yo fuera todo eso, es poco probable que quisiera mezclarme con unos enchufados, brutos, balurdos, malandros, locos, trasnochados, tarifados, guerrilleros y endemoniados de mal gusto. Una “catirita majunche” metida entre la “ralea roja” resultaría muy peligroso. ¿Peligroso para quién? ¿para ella? ¿para ellos? Para ambos.

Para la tranquilidad de las dos especies que habitan la Venezuela actual -potencia mundial en manipulación estética- decidí dejarme el pelo al natural. Espero que mis visos rojizos originales no sean motivo de sospecha, que no les rayen la cabeza. El rojo es uno de los colores más intensos, pero también es de los más difíciles de asimilar para quienes tienen incapacidad visual. Lo sé muy bien. Soy hija de un daltónico.

*De ñapa, la primera “tonada” que me aprendí por ir a cubrir marchas oficialistas.

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