Adiós a los chéveres

Un venezolano chévere que va por el país, disfrutando sus bellezas y promocionándolas….” es la línea introductoria de Cheverito, un muñequito animado creado por el Ministerio de Turismo de Venezuela. El chamo, vestido con una gorra y sonrisa permanente, va acompañado en sus aventuras turísticas nacionales por Eco, una burbuja azul flotante, tipo Pepe Grillo, y un personaje clave porque es la “consciencia” de esta campaña de marketing para posicionar a Venezuela como “el país de la gente chévere”.

Eco le pregunta a Cheverito: “¿Qué significa chévere?” El personaje de comiquita se sale por la tangente y contesta que las playas, las montañas, los médanos, las ciudades y ciudadanos de Venezuela son “chéveres”, pero no define qué es eso de la “cheveridad” ni se declara él mismo como el perfecto ejemplo de quien posee esa cualidad. Pareciera que a Cheverito le cuesta asumir su mito identitario. Quizás es consciente que es el representante de ficción de un gobierno que quiere proyectar una imagen falsa y estereotipada de su gente, que en realidad puede que ya no exista.

Tomado de Las Aventuras de Cheverito Mintur Venezuela

Tomado de Las Aventuras de Cheverito Mintur Venezuela

En Venezuela está escaseando la gente chévere, además de la comida y los medicamentos. La falta de cheveridad, además, es algo contagioso. Se me ha pegado a mi y a otros amigos extranjeros que aunque no tengamos cédula, sentimos y compartimos las mismas penurias, dificultades diarias y experimentamos frustración. Entre todos nos irritamos, nos agobiamos con tanta quejadera, y vivimos o sobrevivimos en un ambiente tóxico, que se siente con más ahínco en los consultorios médicos, los bancos, los buses o en twitter. Ultimamente llevamos nuestras caras largas y voces de melodrama a los almuerzos, los cafés y escasos encuentros con amigos que con mayor frecuencia están terminando en desencuentros.

Creo que la única diferencia entre quienes nacieron aquí o llegaron a este país mucho antes y yo, es que no tengo que lidiar con ese sentimiento de nostalgia por ese tiempo pasado mejor que existió y que nunca me ha tocado. Y no creo que solo los opositores de clase media y alta sientan eso. Muy pocos chavistas, por más matriculados que estén con la Revolución, podrán decir que hoy viven mejor que hace cinco años. Las encuestas, aunque con otras palabras, muestran que gran parte ha asumido hoy esa actitud catastrofista de que todo puede empeorar, incluso en un país de rezanderos.

Lo curioso es que lo peor ya existía cuando llegué hace dos años. Venezuela ya era el país de los malandros que roban y cobran víctimas a punta de gatillo. La de un odio que parece irreconciliable entre chavistas extremistas y opositores radicales. La de las colas para entrar a un mercado sucio y desordenado donde a veces hay papel higiénico pero no hay desodorante o aceite. La del racionamiento de agua, de cortes de luz y atención al cliente inexistente. La de un servicio de buses insuficiente y vagones de metro a reventar de patanes que empujan al montarse. La de restaurantes que te ofrecen lo que tienen y no lo que quieren. La Venezuela donde aún hay vida, pero cada vez menos calidad.

A pesar de todo eso, y aunque soy perfectamente consciente de que la crisis económica y política se profundiza cada vez más, aquí he sido feliz. Obviando algunos incidentes personales, si no me dejo arrastrar por la presión de grupo y el negativismo de los demás, solo para no sentirme como una extraterrestre, la mayoría del tiempo lo sigo estando. Pero cada vez me siento más aislada, porque algunos de los locales y extranjeros que conocí cuando llegué y que me parecieron tan chéveres, inteligentes, abiertos, divertidos, emprendedores, luchadores, se han ido. Los extraño, pero extraño más a los que aún están aquí, pero están como ausentes.

Mi estrategia para sobrellevar la falta de cheveridad, propia y ajena, era escaparme por unos días a otro lugar. Pero ante la inflación y la escasez, hasta de puestos de avión para salir volando, se volvió insostenible. He optado entonces por otra alternativa: refugiarme. Al menos un par de horas a la semana me dedico a la literatura, el cine y la música, mis compañeros constantes, mis aliados de siempre. Los que serían incondicionalmente chéveres y nunca se irían de Caracas o Jartum. Gracias a ellos he aprendido últimamente a tomar distancia de los problemas del país y de tantos de sus habitantes, que sienten la situación nacional tan intensamente que la han asumido como si fuera personal. No puedo juzgarlos por hacerlo, cada quien escoge como lidiar con sus problemas.

Lo que yo no quiero hacer es seguir contribuyendo a la mala gana colectiva, participando en esta competencia por demostrar quién sufre más, que además creo que voy a perder siempre. No escribo esta entrada para convencer a nadie más de hacerlo o como recurso de auto ayuda. Lo digo simplemente porque ya es hora de decirlo. Abandono el juego lastimero, no el país. Y mientras esté aquí haré lo posible por no dejar que mi estado de ánimo sea la consecuencia de unas causas externas que no controlo, y sobre las cuales, además, como extranjera, jamás podré decidir o cambiar.

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