Nacionalismo light

Allí estaban. Tantos colombianos que normalmente pasan desapercibidos, algunos sin papeles, y se estaban boleteando. Había más gente en el metro con la camiseta de la Selección Colombia que durante todos los partidos del mundial. Además de tener la cara pintada, algunos llevaban sombrero vueltiao, y unos pocos, poncho paisa.

¿El motivo? La fiesta del 20 de julio, fecha en que los colombianos celebramos que un tipo no le quiso prestar un florero a otro para una cena, y que según lo enseñan en los libros de historia, ese fue el inicio de la lucha por la independencia nacional. Quizás ahí está la esencia de lo que somos. Que alguien se “sintiera” por un florero, puede ser la explicación madre a tanto tropel innecesario que ha existido desde entonces entre colombianos. Dos siglos después, conmemoramos ese espíritu sacando la bandera.

No vi banderas ese día afuera de las casas o las ventanas, quizás porque estamos en un país hipersensible a su propio nacionalismo. Pero a la entrada de la fiesta -antes de pasar por la debida requisa- había vendedores ambulantes que vendían camisetas y sombreros tricolor, películas o novelas colombianas, música, manillas, entre otros.

Supongo que hubiera podido engalanarme un poquito con toda la oferta, pero no quise. No iba para celebrar la independencia, o movida por la nostalgia del terruño y la necesidad de compartir esa “colombianidad” con tantas personas. Seré sincera, fui a ver si encontraba un plato de lechona o un pandebono. Así de light es mi nacionalismo luego de que nos eliminaron del mundial.

No puedo sentir orgullo patrio ni tomarme la nacionalidad en serio, si en la fila que hice para comprar una arepa e huevo y una gaseosa,(no encontré pandebono y llegué tarde a la lechona) tuve que defender mi puesto de otros compatriotas que estaban aplicando esa máxima nacional de que el vivo vive del bobo. Era tal la fila que me preguntaba si todos los colombianos están pasando hambre en este país o si todos somos garosos. O quizás el patriotismo realmente es solo un antojo culinario.

Lo otro que se me ocurría al ver a la gente bailando feliz es que la nacionalidad no es más que una canción. No puedo explicar de otra manera que uno de mis compatriotas luciera una camiseta estampada con una foto del hampón que fue Diomedes Díaz y cantara con sentimiento la letra del ídolo vallenato: “Por eso la plata que cae en mis manos la gasto en mujeres, bebida y bailando….” Su felicidad era mi desdicha.

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La Constitución dice que todos los colombianos tenemos los mismos derechos y que somos un país “pluriétnico y multicultural”. En otras palabras, nos toca convivir. Digo que nos toca, porque cada uno es el tipo de colombiano que es por una cuestión de suerte o por accidente. Asumimos la identidad que sea que nos tocó y tratamos de entender por qué los otros colombianos son como son,(siempre se nos olvida que es porque les tocó) y tratamos de aceptar que unas fronteras, arbitrarias y accidentales, nos enmarcan a todos en una misma categoría.

En mi día a día en Caracas, me he encontrado con muchos compatriotas con quienes comparto una condición adicional, esa de ser una inmigrante más en Venezuela. Algunos llevan más de 20 años, entre ellos Alejandro, un barranquillero que alcanzó a vivir el sueño de la Venezuela Saudita. Montó su negocio de taxis y prosperó, pero ya de viejo quiere regresar a Colombia. Siempre hablamos de salsa y cada vez que me recoge en su carro, me pone un disco nuevo con canciones que le graban y le envían sus familiares desde Curramba.

A Mirta la conocí en la primera peluquería que visité en Caracas. Se casó con un venezolano y se quedó. Su marido es tan chavista, que le colgó un cuadro del Comandante en la sala de su casa y ella lo aceptó para que no se le dañara el matrimonio. Pero ella hubiera votado por la oposición si tuviera la nacionalidad. No la quiere, prefiere irse un día a los Estados Unidos, donde vive su hija mayor. La última vez que la vi, ofreció darme uno de los tarros de aceite que había comprado ese día en el mercado.

A Nore la veo todas las semanas. No tiene horario fijo, me avisa cuando puede pasar a limpiar la casa. No le he preguntado cuantos puestos tiene como empleada de servicio, pero sé que no para de trabajar. De ella dependen tres hijas adolescentes. Con frecuencia hablamos de política, de economía, de los venezolanos, de los colombianos, y todas las veces me pregunta que si sé algo de las remesas que el gobierno prohibió porque un buen número de compatriotas estaban haciendo tremendo negocio con ellas. El gobierno se la pilló, eliminó el mecanismo y jodió a gente como Nore, que realmente necesita enviarle dinero a su familia en el Magdalena todos los meses.

Son contadas las veces en que me he encontrado con otros colombianos y no terminan contándome sus historias de inmigrantes. A veces porque les pregunto, a veces porque me la ofrecen, solo porque nacimos en el mismo país. Quizás porque buscan simpatía, comprensión, trabajo o puede ser que quieran darme una lección. Ser extranjeros en este país ha sido mucho más difícil para la mayoría de lo que ha sido para mi.

Lo entendí un día que una venezolana me dijo que por el color de mi piel y por tener los ojos claros, podía pasar por argentina, española o italiana, pero no por colombiana. El comentario, que tenía la intención de halagarme, era un testimonio sutil de los prejuicios raciales y sociales que hay entre algunos venezolanos contra millones de colombianos. Muchos de ellos son costeños, de piel morena. Llegaron a este país buscando oportunidades laborales para salir de la pobreza o escapando de la guerrilla o de los paras.

En esas condiciones, no hay como tomarse la nacionalidad tan deportivamente. El país lo llevan a cuestas, y aunque lo dejen, les pesa. La fiesta del 20 de julio quizás sea la única vez al año que tienen una excusa para celebrar, aunque sea, el hecho fortuito de haber nacido en Colombia.

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