Estoy enamorada

No podía ser de otra manera. Con mi camiseta brillante, comprada en un mercado callejero, me senté frente al televisor a ver el partido Colombia-Japón. Confieso que estaba algo incómoda. La franelita, como le dicen en Venezuela a la camiseta, me quedaba estrecha de talle y corta de mangas. Era talla 10, pero de niño. El vendedor dijo que no había más. Así que, como decimos los bogotanos, figuró. Metería la barriga y me arremangaría hasta el fin del mundial. No lo haría por moda, ni por patriotismo, lo haría por el equipo.

 

Los primeros dos partidos de La Selección (eso de “los cafeteros” es el cliché máximo de la prensa extranjera) me sorprendieron en Bogotá. El día del 3-0 contra Grecia, trabajaba de productora local para un canal internacional, no para cubrir el mundial y a la fanaticada colombiana, sino porque era la víspera de elecciones presidenciales. Ese Sábado en la mañana, sin embargo, el país (incluidos los dos presidenciables) estaba más pendiente del debut de La Selección que de la elección al día siguiente. ¿Y yo? Yo andaba angustiada, compungida, circunspecta por ese mismo motivo, por el abstencionismo, la crisis política nacional, la guerra sucia en la campaña, el proceso de paz, etc, etc, etc.

 

No sabía lo que estaba a punto de sucederme. Parada, debajo de una sombrilla, apenas si podía ver la pantalla gigante ubicada en pleno Parque de la 93, porque cada día veo menos de lejos, porque había demasiados hinchas a mi alrededor, porque estaba más pendiente de la transmisión del directo de la periodista -que tenía que hablar sobre fútbol y política- que de La Selección y sus goles. Pero, a pesar de todo eso, y de esa pertinaz lluvia capitalina que se te mete hasta en los ojos, los vi. Los 3. En la malla.

 

Con cada gol me importaba cada vez menos el comentario en vivo de la corresponsal, mis pies mojados, mis manos heladas y me olvidaba del lumbago que aparece cada vez que paso más de tres horas de pie. No me importaba el ruido de pitos, vuvuzelas y gritos, que normalmente me provocarían un mal genio de miedo, ni la espuma irritante que un par de apasionados empezaban a rociar como si estuvieran fumigando plaga. Lo importante era La Selección, y al final del partido, ver como un grupo de colombianos, a los que realmente no me une nada porque no los conozco (no creo en estereotipos sobre la colombianidad o cualquier otra nacionalidad) bailaban cumbia al ritmo de un tambor improvisado. Los observaba, porque estaba trabajando, pero quería ir a bailar y a tocar tambor con ellos. Se me erizaba la piel y no de frío. Ese partido había sido mi rito de iniciación en este mundial. Me había hecho hincha irrefutable de La Selección.

 

Ese mismo día salí a comprar la camiseta del equipo colombiano, seguramente hecha en China. La estrené apretadita -con la esperanza que cediera- para ver el partido contra Costa de Marfil en casa de unos amigos. Me senté en el piso para estar más cerca a la pantalla. Suspiraba al ver la musculatura perfecta de los africanos y sufría cuando llegaban cerca del arco del portero Ospina. Sufría y suspiraba, suspiraba y sufría. Hasta que ganamos.

 

La sensación de triunfo, de alegría, de paz total, mezclada con alcohol, nos hicieron soñar a los que compartimos ese momento que era posible pasar a octavos de final, a cuartos, la semifinal, de una vez llevarnos la copa del mundo……….. ¿Y luego?……¿Por qué parar?…… Ponerle fin a 50 años de guerra…… Si podemos ganar un mundial de fútbol se puede hacer la paz……. El país unido, aunque sea por deporte…… Ya no con la mentalidad del profesor Maturana, que decía que “perder es ganar”…… Colombia ya no es cuestión de fe, su destino no depende de un milagro, un santo, o Santos…. Es cuestión de trabajo, disciplina, esfuerzo…….. Es la mentalidad del técnico Pekerman, aunque sea argentino ….. debería ser nuestro presidente…..

 

Cuatro días después, aún embriagada por esa extrañísima sensación de que todo es posible, gracias a La Selección, salí de Colombia rumbo a Caracas cargada de nostalgia. Por primera vez desde que me acuerdo, no quería irme del país. ¿Al fin se empezaba a componer?

 

Lo primero que había empacado en la maleta, era la camiseta. Me la puse al día siguiente, pensando en La Selección, en James, en Cuadrado, en Armero, en Jackson, en Aguilar, en Zúñiga, en Yepes, en Ospina, en los 11, y en que quería verlos bailarse a esos japoneses, como se baila salsa en Cali y cantar los goles con todo y comentario trillado al final: Gooooooooooool y que no me esperen en la casa.

 

Antes de que empezara el juego, salí a comprar algo de comer. En la calle me encontré con otro colombiano, celebramos de antemano, solo porque nos reconocimos por la camiseta. Pero también me encontré con el comentario de un venezolano que al verme dijo: “Esta tarde bajarán los índices de delincuencia en Petare”, y se rió. No le dije nada. Solo pensaba, ojalá. Ojalá en Petare, en las comunas de Medellín, en Aguablanca en Cali, en Ciudad Bolívar en Bogotá, en las favelas de Brasil, en las villas miseria de Argentina y en todo América Latina los más de los mases en los barrios, independientemente de su nacionalidad (que insisto, es un accidente, no un rasgo definitorio de la personalidad) se inspiraran viendo a los muchachos de La Selección. Y me acordé de las cuñas que pasan en Colombia, mientras van narrando el partido: “Guerrillero, desmovilízate ya”. Ojalá.

 

Ya en mi casa, al borde del sofá, oyendo a los comentaristas venezolanos, obsesionados porque el nombre de nuestro crack James se pronuncia “James” y no “Yeims”, extrañaba la lengua hiper rápida de los narradores colombianos, esos a los que se les quedó la maña de contar el partido por televisión, como si estuvieran narrándolo por radio. El zumbido, que resulta la mayoría de las veces exasperante, lo echaba de menos en la voz de William Vinasco Che, “narrando con caché”.

 

Ese martes, dejé escurrir las lágrimas sobre la camiseta. Lloré al ver a Mondragón, a sus 43 años, atajando un balón que quería colarse en su portería en los últimos minutos. Lloré al ver que Jackson Martínez, “Chachachá” hacía 2 goles que dedicaría al departamento más olvidado del país. Lloré al ver a los nipones rendirse, pararse como samurais ante su público, derrotados en su honor. Lloré, sola en Caracas, pero sintiéndome más acompañada que nunca por millones de colombianos y algunos extranjeros que sentían la misma alegría que yo.

 

Cinco días después, estaba de nuevo frente a una pantalla. Aunque estaba en la playa, no podía faltar a la cita con los 11 de La Selección y el viejo Pekerman. Así que desde un restaurante playero, al borde del mar Caribe, gritaba de emoción, me paraba de la silla y aplaudía sin importarme que fuera la única hincha. No podía dejar de ver, como hipnotizada, a james, nuestro hombre 10, corriendo por la cancha. Llegó su primer gol, luego el segundo por gracia del cabezazo de Cuadrado. Y gracias al firme Yepes, al grande Ospina, y a todos los demás que fueron más hombres y más nobles que los uruguayos, La Selección le permitiría seguir soñando a los colombianos, incluso a los que adolecemos de falta de orgullo patrio y somos alérgicos a los nacionalismos.

El domingo en la noche, tuve una conversación muy seria, de larga distancia, con mi familia en Colombia. No podía parar de hablar de La Selección. Y entonces caí en cuenta de lo que me estaba pasando. Sacrificar el sol y el mar, aguantar frío y dolor, soñar con un futuro mejor, que todo es posible -incluso la paz- llorar de alegría, sentir que se me eriza la piel, pero sobre todo, ponerme la camiseta, una y otra vez aunque me quede chiquita, solo puede ser posible porque estoy enamorada. No es un hombre esta vez, son doce, La Selección Colombia y su técnico argentino.

 

 

 

 

 

 

Comentarios desactivados en Estoy enamorada

Archivado bajo Uncategorized

Los comentarios están cerrados.