Venezuela chilla

Venezuela no ha parado de chillar. Sí, chillar. Puedo parecer insensible y burda por utilizar esa palabra. Pero realmente me parece la más apropiada para describir lo que pasó, y sigue pasando, en estos dos últimos meses.

Me explico. La olla a presión que es este país y que pareciera que siempre está a punto de estallar, realmente no lo ha hecho. Y no porque las condiciones económicas mejoraron, porque la polarización política se esfumó, porque la seguridad aumentó. No. El problema es que todo lo que se cocina adentro no ha llegado a calentarse lo suficiente. No explotó, ni siquiera pitó.

No era el momento, dicen algunos. Había que esperar otra devaluación, que empeorara la escasez, que aumentaran los precios de todo, me dicen los moderados. Y los más radicales me dicen que ya no se puede esperar más porque Venezuela se está convirtiendo en Cuba, si es que ya no lo es.

 

¿Había que esperar qué para hacer qué? Me lo vengo preguntando después de dos meses de “guarimbas”, que creo que no han logrado nada, o al menos nada bueno. Lo digo más por lo que viví en mi propio vecindario que por un análisis sesudo sobre el éxito o fracaso de este método de protesta.

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De la noche a la mañana, ese oasis peatonal de Caracas que es Los Palos Grandes, por donde corren los atletas y salen a pasear los perros, ese Soho criollo agradable de cafés y restaurantes, esas calles construidas alrededor de árboles de mango para no tener que tumbarlos, y su plaza que sirve de salón de yoga al aire libre, tertuliadero de artistas y encontradero de enamorados, se transformó en uno de los principales territorios guarimberos de la capital. Y lo que es peor, me di cuenta que en mi propia calle vivían algunos talibanes.

 

Los descubrí una madrugada, a las 4 de la mañana exactamente. Me despertó el ruido que hacían cuando pretendían atravesar un alambre de lado a lado, como el que degolló a un motorizado. Por fortuna la policía de Chacao lo impidió, a pesar de que los vecinos los amenazaban desde sus ventanas tocando cacerolas en pijama. A lo largo del día, siguieron con el taca tacataca, reforzaron las barricadas y volvieron la calle, una “nada” si se quiere expresar en términos políticamente correctos. En términos reales, la volvieron mierda. Llegaron al punto de trancar el paso, ya no solo de los carros y las motos, sino también de los peatones. Otra vecina luego me dijo que la iniciativa había sido de gente que no era “de aquí”, pero contaron con el beneplácito de gente que sí es “de aquí”.

 

Durante esas semanas los días se volvieron largos. Las noches, interminables. A las 6 pm empezaba ese toque de queda rutinario por los enfrentamientos, que no estaban muy lejos. Desde mi apartamento se escuchaban las detonaciones en la Plaza Altamira. Por fortuna, parece que el viento sopla en otra dirección y nunca me asfixié con gases. Pero una noche sí se me trancó la respiración porque escuché tiros. Mi instinto de supervivencia pudo más que mi curiosidad periodística. Apagué las luces y me acurruqué en el suelo en vez de asomarme a la ventana. Esa misma noche, y ya cuando todo estaba tranquilo, pasarían a escasas cuadras un grupo de evangelizadores predicando con megáfono.

 

Casi un mes duraron las guarimbas y lo único que lograron fueron las peleas vecinales. Por eso no las apoyo y no las entiendo, ni como método de protesta, ni como expresión de frustración colectiva. Que me expliquen cuál es el objetivo de trancar la calle en la que vives con basura, prenderle candela y chuparte el humo, como si fuera un acto heroico. Que me digan qué sentido tiene armar barricadas con escombros, muebles de tu casa, y hasta alambres, para encerrarte a ti, y a todos tus vecinos, en tu propia cuadra. Ya estamos grandecitos como para seguir jugando a la guerra.

 

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Los gochos de San Cristóbal trataron de explicármelo mejor que mis vecinos. Justificaron su auto-cerco como una medida de protección, para evitar que los colectivos armados y las fuerzas del Estado se metieran a atormentarlos en sus calles. Pero me pregunto si se justifica armar tremendas barricadas y paralizar la mitad de la ciudad por miedo, porque eso es lo que estuvo escondiéndose detrás de las guarimbas de quienes dicen ser los más valientes y bravos del país.

 

No estoy desestimando el temor real que existe aquí y que también siento, la sensación de desespero, de zozobra porque aquí no impera la ley del más justo sino del más rudo. La Guardia Nacional, la Policía Nacional Bolivariana y los agentes de inteligencia, ni hablar de los tan mentados colectivos de civiles armados, han hecho de todo para demostrarlo.

 

Pero me resulta paradójico que los mismos opositores que se imponen auto-cercos en sus calles, denuncien que el gobierno, a través de anillos o cordones de seguridad con guardias y tanquetas a las que se enfrentan, les impida marchar hasta los ministerios, hasta la fiscalía, hasta el centro de poder de la capital. Ahí sí se sienten confinados, restringidos, cercenados en su derecho a manifestarse en la calle.

 

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La Calle. Ese es otro concepto difícil de entender. Existe una idea, tanto en el gobierno como en la oposición, que las fuerzas de los dos bandos políticos se pueden medir de manera fidedigna a través de una marcha, protesta o concentración callejera. Las imágenes de esas avenidas, llenas o medio vacías, luego serán pruebas “contundentes”, que acomodarán -con un plano más abierto o más cerrado- para concluir, sin duda alguna, que su bando está más fuerte que el otro. Los opositores preguntarán a otros opositores y los oficialistas a otros oficialistas qué tan llena estuvo la calle. Y la respuesta será que estaba “full” o “desbordada” o “a reventar”. Porque ellos ya ganaron “la calle”.

 

¿Ganaron? ¿Qué es lo que se gana en la calle? ¿Acaso hay un concurso en Venezuela, del que yo no me he enterado, que entrega como premio el palacio de Miraflores al que llene más calles? ¿O es que éste es un juego, tipo balancín, en el que si hay más peso de un lado de la calle, el otro se hunde, o mejor, sale disparado?

 

Eso es lo que seguramente quisieran tantos de ambos bandos. Que se vayan los opositores, para “el imperio” o para Colombia, es lo que grita el oficialismo. Que se vayan los del gobierno (¿para Cuba? ¿Para el mismísimo infierno?) es lo que reclaman los opositores más desesperados, especialmente los que siguen a Leopoldo López y Maria Corina Machado. Ambos han demostrado un talento impresionante para surfear, montándose sobre la ola de descontento y de protestas de los estudiantes para convocar a “La Salida”.

 

¿La salida hacia dónde? Leopoldo salió para la cárcel, junto con otros dos alcaldes. A Maria Corina la sacaron de la asamblea. Y la ola incontrolable de desfogue colectivo terminó arrasando con el liderazgo de Henrique Capriles y hundiendo lo que hasta hoy la oposición había logrado construir con la Mesa de Unidad. Las protestas que no son guarimbas son las que siguen a flote, pero están desarticuladas y a la deriva.

 

¿Y el gobierno? Ahí. Sigue siendo la tapa defectuosa de esa olla, que chilla y resopla a cada tanto, mientras ese caldo espeso, al que le han echado 39 muertos, se sigue cocinando a fuego lento.

 

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