La marcha triste

Me había acostumbrado a que cualquier marcha política en Venezuela terminaba en fiesta. Pero ayer no hubo música, la situación no estaba para bailar, para aplaudir y gritar vivas, ni para pasarse de tragos. O talvez sí, pero para diluir en alcohol las preocupaciones y el pesimismo que estaban presentes ayer en muchas de las caras de los opositores, que no obstante, posaban sonrientes ante las cámaras cuando asomaba el lente.

La del 23N ha sido la concentración política más triste en la que he estado desde que llegué a este país. Y no lo digo por la asistencia, realmente es imposible calcular cuánta gente había en la calle, y alrededor de la inmensa fuente rodeada de grama, que domina Plaza Venezuela. Lo digo, sobre todo, por el estado anímico colectivo que percibí, menos animado que de costumbre. Bastaba leer un par de carteles, hechos a mano, con billetes de bolívares que ya no valen nada y por eso no importaba pegarlos en una cartulina, o con los empaques de comida o de jabón que ya no se consiguen y ahora son recuerdo. Billetes y paquetes desechables, testimonios de la escasez y la inflación, que si bien no han faltado en otras marchas, ayer pesaban el doble.

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Como pesaron las palabras de Henrique Capriles, que en vez de aliviar la pesadez con su discurso, no ofreció consuelo alguno. “Hay personas que creen que el país tocó fondo, esto se puede poner peor”, dijo. Quizás, por eso mismo, fue más sincero que nunca. No hizo las típicas promesas de político en campaña, solo habló de la necesidad de que la oposición saque más votos que el oficialismo en las elecciones municipales el 8 de diciembre. Eso no cambiará al presidente, pero es como una prueba para medir la fuerza electoral opositora, y si la pasa, convocar entonces a un proceso constituyente, para salir, por la vía democrática, insistió, del actual régimen. Ese que para muchos de los que estaban allí presentes, hace rato dejó de ser democrático. “Pueblo, madura, esto es dictadura”, coreaban a ratos. 

El mismo Capriles había despertado al país opositor, urbano y de clase media, que revisa el twitter a primera hora de la mañana, ante el vacío informativo que sienten que se ha instalado desde que Globovisión cambió de dueños, con una noticia característica de regímenes autoritarios. Según Capriles, la inteligencia militar había golpeado y se había llevado secuestrado a las 2 de la mañana a uno de los hombres de su equipo de trabajo, y director de Primero Justicia en el estado Zulia, Alejandro Silva. Pasado el medio día, cuando el “flaco” daba su discurso en la calle, retando a Maduro a que viniera por él en vez de perseguir a sus colaboradores, aún no se sabía su paradero. Solo aparecería hacia las 6 de la tarde, en Caracas, después de haber permanecido horas entre las instalaciones de la División de Inteligencia Militar en Boleíta, como me comentó anoche un militante cercano a Silva de Primero Justicia.

Lo más preocupante es que el mismo Nicolás Maduro, que ayer estaba de cumpleaños y recibiendo a los reyes de los Países Bajos mientras se celebraba la marcha en su contra, había dicho que arrestarían a líderes de la oposición en los próximos días. El temor era que fuera directamente contra Capriles, el ex alcalde de Chacao, Leopoldo López o la diputada Maria Corina Machado, a quienes ha señalado como la trilogía del mal. “Está cantado que la represión continúe”, advirtió Capriles a sus simpatizantes. “Si eso pasa, nadie tiene que decirles qué hacer. Ustedes solitos salgan a las calles”.

Viendo la marcha de ayer, me pregunto, si eso llegara a suceder, cuántos opositores saldrían a la calle a exigir que lo liberen. La marcha de los auto convocados hace 15 días fue un fiasco, la que están tratando de convocar para el 30, puede ser igual. Un grupo de 10 jóvenes, irrumpió ayer en Plaza Venezuela con la consigna “No estamos en campaña, estamos en protesta”. Y muchos de los que estaban alrededor los miraban como extraterrestres.

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El concepto de “protesta” callejera en Venezuela parece reducirse a pequeños “happenings” de grupos de estudiantes, vinculados sobre todo al partido Voluntad Popular, que son más tropeleros que los demás. Pero no existe, al menos aún, un espíritu colectivo suficientemente fuerte para marchar y exigir el respeto de sus derechos como ciudadanos ante el gobierno. Como si esos no fueran motivos suficientes para salir a la calle. El temor a la represión puede incidir, pero también la comodidad y la superficialidad. Si no hay una orquesta animando o una súper estrella encabezando la marcha, no hay motivo para asistir.

Los venezolanos opositores se quejan por todo. Pero convertir esos motivos en motivación es distinto. ¿Qué motivó a la juez María Lourdes Afuini a asistir a la marcha de ayer? Supongo que aguantar 3 años de cárcel, el haber sido violada, el deterioro de su estado de salud, un juicio que no ha terminado, y una libertad condicionada son motivos suficientes. Quise preguntarle directamente por qué estaba allí. Pero me dijo que, aunque se “moría de ganas”, no podía dar declaraciones a los periodistas. Sí podía marchar, sin embargo. Caminaba tranquila entre la gente, le abrían el paso, la aplaudían y le gritaban: “valiente”. La expresión en su cara, con el rimel de los ojos medio escurrido, era tranquila y alegre. Se dejaba tomar fotos y dar abrazos de otros extraños que la miraban incrédulos.

Como ella, otros venezolanos habían ido solo a hacer presencia, sin gritar una sola consigna, sin hablar con los demás, quizás porque el silencio es buen compañero en momentos difíciles, así como también puede ser más sabio abstenerse de cualquier acción. Un hombre, ya mayor, me confesó que ésa era la última marcha a la que asistiría, no porque hubiera estado muy mala, sino porque se iba del país. Me dijo que como él era demasiado “cabeza caliente”, y odiaba tanto a quienes están en el gobierno, había decidido marcharse. “Es que yo soy el propio pa meterle un tiro a esa gente”.

“Esa gente”, es gente, y tiene hasta parientes en común con la oposición. Uno de ellos, David Maduro, estaba ayer entre la marcha, con un sombrero blanco, que cubría su cara llena de pecas. Al principio, no quiso decirme su apellido. Una vez se relajó explicó que era familiar lejano del presidente, pero que también era primo hermano del papá de Capriles y que estaba ahí para apoyar a “Henrique”. Le pregunté si había pensado irse del país y me contestó sereno: “Venezuela tiene que cambiar. No he pensado en irme para ningún lado.” El problema, para la oposición, es que Nicolás Maduro y los chavistas, tampoco.

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