9N: de no te lo puedo creer

El 9 de noviembre pintaba como un día noticioso. Eso creía yo desde temprano, pero por razones equivocadas. Días atrás había visto en redes sociales que se estaba moviendo una convocatoria a una marcha contra el gobierno de Nicolás Maduro. No era una marcha organizada, al menos no abiertamente por la oposición. Se suponía que era “ciudadana”, por eso la llamaron en twitter, “la autoconvocada”. Era la oportunidad de ver, si aún existe aquí, eso que llaman “la sociedad civil venezolana”.

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La cita en Caracas, pero también en otras ciudades del país era a las 10 de la mañana. Pero a esa hora, la noticia ya era otra. La noche anterior, el presidente Nicolás Maduro, había anunciado por televisión nacional medidas contra una cadena de almacenes de electrodomésticos. Según el gobierno, en estas tiendas se estaba cometiendo un crimen contra la patria. Usura, fue la palabra que el gobierno utilizó para condenar, de ante mano, a los dueños de estos locales que vendían su mercancía con supuestos sobreprecios de más de 1000 por ciento.

Algunos comerciantes fueron detenidos y Maduro decretó bajar los precios de los televisores, neveras, licuadoras, planchas, etc. a más de la mitad. Dicha total. Se adelantó diciembre. No es por amargar las fiestas pero, independientemente de que sean ciertas o no las evidencias de delitos por parte de estos empresarios, (la palabra “usura” no aparece ni una sola vez en el código penal venezolano) lo que se conoce como debido proceso en cualquier Estado de derecho fue violado una vez más. 

Pero a quién le importa el Estado de derecho, cuando la meta del gobierno es lograr el Estado de suprema felicidad. Si se adelanta la navidad y la parranda por decreto, que comiencen también las compras decembrinas en noviembre. Como los venezolanos gastan más de lo que necesitan -soy consciente que estoy haciendo una generalización cultural y que me perdonen mis amigos si se sienten ofendidos con ella- muchos de ellos no tardaron en salir a las calles. Anteanoche no importó la inseguridad, y el miedo al malandraje que deambula en la oscuridad buscando víctimas. Ante la promesa de encontrar pantallas plasma a mitad de precio al día siguiente, el país amaneció valiente. Y garoso e impaciente.

A las 7 de la mañana, fueron reportados los primeros saqueos a una de las tiendas de la cadena Daka, en la ciudad de Valencia. Luego empezaron a circular por redes sociales, y en algunos medios de comunicación, las fotos de la Guardia Nacional y de la policía sacando equipos electrónicos. ¿Salvándolos o robándolos? No sé, no me consta. Maduro no ordenó los saqueos pero condenar de “saqueadores” a los empresarios (así lo sean, pero esperemos el juicio Presidente) en televisión nacional y no hacerlo tan enérgicamente con el pueblo ladrón, legitima sus acciones. Quizás no se le puede pedir a Maduro algo distinto, si el mismo Chávez justificó el robo por necesidad. Pero lo que ocurrió ayer, de necesario no tiene nada, y como todo lo que pasa con las muchedumbres que se salen de control, si bien puede ser espontáneo, pasional, impulsivo, sí respondió a una decisión de alto gobierno, calculada.

Puede ser mera coincidencia, pero queda la duda. ¿Por qué el sábado, 9 de noviembre? ¿No podían haber escogido otra fecha para que, al menos a los que nos preocupan las coincidencias históricas, no hubiéramos caído en la tentación de hacer el paralelismo? Cómo no hacerlo cuando el 9 de noviembre de 1938, los nazis ordenaron atacar los negocios de los judíos en Alemania. El gobierno venezolano lleva meses hablando de  la “guerra económica” que libra contra la “burguesía parasitaria”, encarnada en empresarios y comerciantes. Pareciera que son el “untermensch”, o subhombre que el chavismo pretende eliminar, no creo que físicamente, pero sí económicamente. Y, al menos en Valencia, también hubo cristales rotos.

De cristales y de gemas, 1362 de ellas incrustadas en la séptima corona de Miss Universo que se lleva Venezuela, como país potencia en “belleza”, terminarían hablando miles, espero que no millones (o más bien millonas en el Newspeak madurista) de venezolanos en la tarde del sábado.  A la hora en que la valenciana María Gabriela Isler era coronada, yo pasaba enfrente de uno de los almacenes Daka en Caracas, en donde la gente seguía haciendo filas, y cargando cajas de equipos electrónicos, como si se los hubiera traído el mismísimo Niño Dios.

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Como en Venezuela toda tragedia es susceptible de transformarse en comedia, no faltaron los comentarios en twitter que ingeniosamente mezclaban las dos noticias gordas del día: “El plan de hoy: ver a Miss Universo en mi nuevo televisor robado”. Los “autoconvocados”, a esa hora, ya eran práctimente inexistentes, también en el mundo virtual.

El día no podía terminar sin una nueva cadena nacional. El presidente Nicolás Maduro, apareció presentando una nueva edición de Notipatria y advirtió que se vienen más operativos por el estilo en TODOS los sectores. De paso, ordenó cerrar las páginas web que reportan la tasa del dólar paralelo, que según Maduro, la fijan como por capricho, los empresarios de la derecha que ni siquiera viven en el país.

Porque así como el gobierno cree que el dólar paralelo es un fantasma, y no la moneda por la cual se rigen muchos sectores de esta economía dolarizada de facto, también parece creer que con anuncios mediáticos las cosas se hacen realidad. Antes de terminar su cadena, Maduro preguntó qué titular resumiría lo que sucedió ayer en Venezuela. Y Ernesto Villegas, su ex ministro de información y ex periodista, hoy político, le contestó que dentro de un nuevo género, que él bautizó como “periodismo de predicción”, sería: “Los precios van pa abajo”. 

El titular y el nuevo género entraría entre los casos de estudio de ética periodística de cualquier facultad de comunicación. “Los precios van pa abajo” es un título mágico que esconde al responsable de la acción: al gobierno que inauguró un control de precios a la brava y a una “sociedad civil” que sacó provecho, comprando y robando el televisor que soñaba, en el que pudo ver a su reina coronada. La mujer más bella de todo el universo no podía creer que había ganado. Yo aún no puedo creer lo que pasó ayer en Venezuela.

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