Sigo indocumentada

Tengo visa pero sigo “indocumentada”. Así es como he decidido definir mi estatus permanente en Venezuela, porque hay muchas cosas de este país que aún no comprendo. Entre ellas, lo engorroso que resultó formalizar mi condición de inmigrante legal.

Pasé varias horas yendo y viniendo a las oficinas del Ministerio de Información y del SAIME (Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería), hice innumerables filas, llené formularios, posé como presidiaria para la foto de rigor que aparece hoy en mi visa, escribí cartas, tramité certificados, desempolvé mis títulos universitarios para sacarles fotocopias, actualicé mi hoja de vida, y entregué mi contrato laboral al gobierno.

Hasta ahí el proceso realmente es parecido en cualquier lugar del mundo que tenga una burocracia respetable. Pero lo que nunca había experimentado en ninguno de los otros cuatro países en los que he vivido como alien, tres del primer mundo, y Argentina, que se lo cree sin serlo, es la preocupación que existe en Venezuela por no importar enfermos. Y no es contaminación ideológica, no me hicieron ninguna pregunta sobre mis inclinaciones políticas, ni se fijaron qué tan lavado tengo el cerebro por el imperio. No, lo que me imagino que no quieren en su patria son elementos que puedan desestabilizar al sistema por dos vías: inoculando alguna “vaina” al mismo presidente, o chupando, cual sanguijuela, los recursos de un sistema de salud artificialmente barato, y por eso mismo, insostenible.

El mensaje es claro cuando te piden exámenes de orina, heces, y sangre que revelan si estás embarazada, si consumes drogas, si tienes amebas en tus intestinos, si tienes suficientes glóbulos blancos, si eres seropositivo o tienes hepatitis B, en fin. Otros países también piden certificaciones médicas o vacunas para ingresar a su territorio, y aunque eso es entendible, desde un punto de vista económico (tratamientos y medicinas costosas) y social (hay que prevenir las pandemias) no deja de parecerme invasivo. Y me resulta incomprensible que haya tenido que sacarme los mismos exámenes médicos en Caracas y en Bogotá.

Intenté argumentar en el consulado venezolano en Colombia que me los había tomado hace menos de un mes en Caracas, pero la funcionaria diplomática que me atendió, impecablemente vestida y muy amable, simplemente sonrió y dijo que debía presentar los requisitos completos en Bogotá para obtener la visa (tampoco entendí por qué me hicieron salir de territorio venezolano para expedir el sello).

En ese instante la miré, desde el otro lado de la ventanilla (¿será blindada?) con ganas de desahogar mi frustración acumulada, porque no podía creer que tendría que dejarme pinchar los brazos otra vez (sudo frío porque a mis venas les encanta jugar a las escondidas con las enfermeras), ir al baño en frasquitos de plástico nuevamente, y volver a una consulta médica (citología incluida), aunque sabía que no me había contagiado de nada, porque en un mes no me había picado ni el bicho del amor y ya me había vacunado contra cualquier otra enfermedad tropical para optar por la visa. Me contuve, sin embargo. Le di mi mejor sonrisa a la funcionaria y le dije: “Perfecto, yo le traigo lo que hace falta“.

Salí corriendo a urgencias. Cuando la médica del servicio de salud prepagado colombiano me preguntó qué me pasaba, le dije que no tenía ningún problema de salud, que se trataba de una “emergencia diplomática”, y le conté que necesitaba una orden para volverme a tomar los mismos exámenes que reposaban en lo que equivale al Ministerio de Relaciones Exteriores en Venezuela. A ella le pareció tan absurdo como a mí (¿no podían enviarlos por fax o escaneados por correo electrónico?) pero me ayudó, y de paso me dio su opinión. “No entiendo por qué quiere irse a ese país”.

Antes de salir de “ese país” me había tocado, además, llevar todos los exámenes a un centro de salud del gobierno para que los aprobaran. El taxista que me llevó al lugar se perdió porque quedaba en una zona industrial, a la que, según me dijo el portero del mismo centro, no debía llegar tan temprano porque me podían atracar haciendo fila mientras abrían. Pero no podía llegar tan tarde. A las 2 p.m. ya no repartían turnos. No entendí muy bien a qué se refería, pero volví al otro día a las 8 de la mañana. No sirvió de nada porque la primera tanda de turnos ya había sido repartida y ahora debía esperar hasta las 12, cuando asignarían los de la tarde.

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En la sala de espera, que más bien podría llamarse “salita de cola”, había ya cuatro personas esperando en unos asientos plásticos verdes, ubicados en un patio con teja que calentaba como invernadero. Allí esperé no solo hasta las 12, cuando repartieron los turnos, sino hasta las 2 de la tarde, cuando finalmente me hicieron subir al segundo piso, donde había dos enfermeras. Una de ellas ya había mojado una mota de algodón en alcohol y tenía una jeringa lista para vacunarme. Le dije que no venía a eso sino a presentar mis exámenes médicos para que certificaran que estaba bien de salud y que podía trabajar en Venezuela. La otra enfermera me dijo que si quería trabajar en su país, tenía que ponerme la vacuna anti tétano, que exhibía su compañera, y de cuya jeringa ya había hecho salir un chorrito.

Le pregunté cuánto costaba y respondió con una sonrisa de oreja a oreja, orgullosísima, que era totalmente gratis, porque el sistema de salud de Venezuela, a diferencia del de otros países no cobra por las vacunas. Miré la jeringa, y se me ocurrió preguntar si era nueva, y la enfermera contestó enfadada que “por supuesto“. Resignada, me remangué la camiseta, y ella, feliz, me chuzó con ganas.

Mientras me recuperaba del pinchazo me llamaron de nuevo al piso de abajo donde presenté todos los exámenes. Al revisar mis documentos, la enfermera se confundió con mi apellido.

“¿Lobo-Guerrero?”, indagó.

Sí, es uno solo”, le expliqué.

Se rió. Luego vio el segundo.

“¿Correa?”, preguntó.

Asentí y se volvió a reír.

Luego me dijo: “Chama, tú con esos nombres tienes que tener tremendo genio“. Y yo me reí con ella esta vez.

Pero a la enfermera jefe, que estaba a su lado, y que debe tener “tremendo genio”, no le causó gracia. Me lanzó su mirada mata carcajada, le quitó el pasaporte a su compañera y revisó los exámenes. Sin dejar de hacer mala cara, estampó firma y sello. Aprobado.

El “aprobado” en Bogotá fue muy distinto. Nada de pinchazos adicionales, nada de turnos, ni horas de espera. La dulce doctora que se apiadó de mi “emergencia diplomática” simplemente escribió, de su puño y letra, en una esquela médica, lo siguiente: “No posee ninguna enfermedad infectocontagiosa. Puede convivir en sociedad.”

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