Privilegiada escasez

Esta es la confesión de cómo fui asumiendo eso que llaman vivir en la “escasez”. Uno se va acostumbrando, casi sin darse cuenta. Pero es importante dejar el testimonio de lo que sucedió. Cómo fue que eso que en un primer momento causó tanto impacto por inusual o anormal terminó volviéndose ritual cotidiano.

Quiero aclararlo de entrada, a mi todavía me parece anormal tener que ir a varios supermercados para tachar todo lo que he apuntado en la lista para comprar. No es normal tampoco hacer fila desde la madrugada, antes de que abran las puertas de la tienda para ver qué trajeron. (cosa que no hago pero sé que otros sí) Ni tampoco me acostumbro a tener que hacer una fila de más de media hora para pagar por lo que encontré.

En 3 meses que llevo en Venezuela solo he podido comprar mantequilla en una ocasión. No es algo indispensable en mi dieta, pero me gusta más el sabor de los huevos fritos en mantequilla, no en aceite. Por eso el día que finalmente la vi, compré 3 bloques de un tacazo. La verdad es que no he podido ni terminar la mitad del primero, pero de pensar que quién sabe cuándo volvería a encontrarla, medio escondida en una de las neveras, decidí comprar más de lo que puedo consumir antes de que se ponga rancia. Para que eso no sucediera, las guardé en el congelador, en vez de la nevera. Pregúntenme como hago ahora para esparcirla.

Lo del papel higiénico ha sido un rollo. La primera vez que fui a hacer mercado lo busqué por todas las góndolas, y como no vi, de ninguna clase, resolví preguntarle a un empleado del local que en dónde estaba. Su repuesta, entre burlona y regañona, fue: “Chama, para qué me preguntas,” y me despachó con una mirada odiosa. Luego entendí que el señor no tenía un severo problema de actitud frente a los clientes sino que mi pregunta había estado fuera de lugar.

Durante el tiempo que llevo aquí, solo he logrado comprar 8 rollos. Los primeros cuatro fue porque tuve suerte y justo cuando estaba en el mercado más cercano a dónde vivo, un típico barrio de clase media de Caracas, trajeron unos paquetes, aunque no fueron de muy buena calidad. En los últimos días ha circulado un rumor que van a traer papel desde la China, pero que ese no se puede usar, así lo den gratis, de lo anti higiénico que es.

La segunda vez que conseguí fue la semana pasada. Estaba reporteando sobre el tema en una de las mega tiendas Bicentenario del gobierno y la gente empezó a aparecer por los pasillos con paquetes de papel. Paré de tomar notas y apuntar precios en la libreta y salí medio desesperada a rastrear un paquete para mí. Logré hacerme a dos antes de que desaparecieran. Me quedé con uno y el otro se lo di al taxista de confianza, al que a veces contrato, y que se había quejado ese día de lo difícil que estaba la situación, no solo en Caracas, sino también en Cumaná, donde vive su familia. Los cuentos de escasez al interior de Venezuela son para llorar.

Lo peor de que haya escasez de papel higiénico es el sentimiento de culpa. Hace dos semanas me dio gripa. Mi nariz no paraba de moquear, cual tubo roto, y no podía evitar tener que limpiarme todo el tiempo. Me sentía abusiva por estar sonándome con un bien tan escaso. Y es que el papel toalé es tan lujo por estos días que un amigo me confesó que ahora va al baño y luego se mete de inmediato a la ducha para no gastarse el rollo en su rutina de evacuación matutina.

La culpa, la angustia, el miedo, eso es lo que hace que la gente, tanto en los sectores más pobres como en los más ricos de la ciudad, haya mutado a una nueva especie, la de los “compradores nerviosos”. Cuando hay pollo, papel, aceite de maíz, y la tan famosa harina pan con la que los venezolanos hacen sus arepas, en vez de comprar un paquete, compran cuatro de una vez. No agarran más porque los supermercados imponen límites a la necesidad o a la “garosería”, que según los economistas y el gobierno empeora el desabastecimiento. Aunque ellos no utilizan ese término, prefieren llamarlo “recalentamiento” o “consumismo excesivo” o algo así.

Yo no desconozco que hay gente que está haciendo un negocio millonario comprando lo que puede a precios controlados para revenderlo a precios descarados en un mercado paralelo floreciente en la calle o incluso al otro lado de la frontera. Pero cuando veo a la mayoría de venezolanos en las filas, no veo en sus caras una estrategia conspirativa ni malandra. Veo a hombres y mujeres que lentamente fueron desarrollando esa neurosis que hace que compren más de lo que realmente necesitan para surtir el “arsenal” que han ido armando en las alacenas de sus casas. Esa manía, o quizás se llame instinto de supervivencia, entre quienes temen que un día realmente no se consiga nada, en ningún lado, ha terminado en severas insultadas y una que otra trompada. Qué locura, pero las peleas están empezando a ser pan de todos los días.

Y no es cuestión de hambre. No creo que en estos momentos la cosa esté tan grave, aunque lo que cuentan compradores que viajan durante varias horas para comprar alimentos en la capital, denota un desespero mayor al que se siente en Caracas, donde además hay una activa red de twitteros que van informando al instante que llegó margarina a tal punto o que hay harina en tal lugar. Me pregunto hasta cuándo durará tanta solidaridad anónima en las redes si el asunto empeora. Lo que más me aterran son los mensajes de vida o muerte de personas que tienen insuficiencia renal o cardiaca, o alguna condición y no consiguen un medicamento específico. Eso sí es motivo para perder la cabeza.

Como no quiero que la escasez perturbe mi sanidad mental, he optado por asumir una estrategia diferente. He decidido que mientras esté aquí, y mientras mi cuerpo lo aguante, tendré una dieta variada a la brava. Si un día no encuentro un alimento, pues comeré otra cosa. No tengo tiempo de jugar “busque el tesoro” por las tiendas de la ciudad, y por fortuna, no tengo que preocuparme de alimentar a una familia en crecimiento de manera sana y equilibrada. Tampoco tengo que “saltar matones” como tantos venezolanos que sufren cada vez que se enfrentan al total de la caja registradora, y aún puedo darme el lujo de satisfacer algunos gustos culinarios, de “burguesa” dirían los chavistas, que como casi todo lo que se come en Venezuela, es importado: queso peccorino, cerezas en frasco y vino argentino o chileno. De eso siempre he encontrado, y a veces compro, aunque cada vez está más caro. Lo digo con un poco de culpa y con la preocupación de que un día de estos, al paso que vamos, pierda mi estatus de privilegiada en la escasez y termine convertida en una compradora nerviosa más, que con ansiedad compra lo que puede y no lo que quiere.

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