La política de la recocha

Desde el año pasado cuando vine a Venezuela a cubrir como periodista la campaña presidencial de 2012 me pareció que había una cultura política especial, más rumbera, musical y emocional que en otros países. Una manifestación aquí, sea del oficialismo o de la oposición, es una fiesta callejera.

Un pasito tacatá y Uh Ah, Chávez no se va, Miles y miles y miles con Capriles, Chávez te lo juro mi voto es x Maduro, Mentira Fresca son sólo algunos ejemplos de lo que se escucha por las calles en ritmo de joropo, de salsa, de merengue, rap, reggae, reggaeton o cualquier género musical que sirva para moverse. Los venezolanos en vez de marchar, bailan por las calles hasta llegar a una de tantas tarimas donde siempre hay algún grupo o cantante presentándose, o en su ausencia, una camioneta con parlantes que revienta a toda potencia los hits políticos y musicales de la temporada. Es envidiable cómo gozan.

Aún sin música, cualquier cosa es una excusa para armar lo que en Colombia llamamos la “recocha”, el relajo, el bochinche, incluso los actos oficiales. Hace unos días, los trabajadores de CANTV, la empresa estatal de comunicaciones, protagonizaron un evento en el que le enviaron a Chávez, que está en el cielo, un regalo. Era un cheque gigante de cartulina, por el valor de los dividendos que supuestamente ha dado la empresa, que enviaron por los aires atado a decenas de bombas rojas en forma de corazón. Aplaudían, saltaban, celebraban emocionados cuando el cheque-globo se alzó y gritaban la consigna: ¡Así, así, así es que se gobierna!

Y es que la política además de entretenida, es una eterna puesta en escena, y no sólo por parte del gobierno. Está bien que Henrique Capriles sea muy devoto y católico, y que haya dedicado su Semana Santa a rezar, pero si estaba en un momento de recogimiento personal y la campaña no había empezado oficialmente, por qué tenía que ir a misa acompañado con cámaras como si fuera un protagonista de un reality a lo Truman Show.

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Quizás también sea culpa de los canales y medios nacionales que creen que no deben dejar ningún “acto” sin “cubrir”. Ayer en la tarde, a pocas cuadras de dónde había terminado la concentración-show de Capriles, cerca de la estación del metro El Silencio, estaban unos estudiantes vestidos con boinas azul oscuras, organizando una muestra de apoyo a Maduro para contrarrestar la marcha opositora. Podría haber sido un “happening”, una “intervención espacial”, pero no, no era nada artístico ni creativo. Parecían jugando a los revolucionarios, sosteniendo unas letras gigantes que desde lejos decían “Chávez te lo juro, universitarios con Maduro”. Uno de ellos, montado sobre un camión, les gritaba, “Camaradas, más hacia la derecha o a la izquierda” y trataba de inyectarle ánimo a través de un megáfono a los demás que cantaban con desgano “Chávez no murió, se multiplicó”, mientras la cámara de VTV filmaba la patética escena.

Siempre he sabido que Venezuela es un país pantallero, pero me impresiona que uno de los temas de mayor importancia nacional por estos días sea cuales son los artistas, cantantes, deportistas y modelos que apoyan o no apoyan a cada candidato, en vez de debatir realmente cuál ha sido el cambio cultural, para bien y para mal, en estos 14 años de chavismo. La cultura no es solamente la de los ídolos y grandes estrellas que aparecen en la televisión.

Y me impresiona también que uno de los chismes que anoche se movían como pólvora en las redes sociales sea que Capriles está saliendo con una curvilínea presentadora de farándula para matar la propaganda homofóbica en su contra. Por qué más bien no se discute en twitter por qué el tema de la orientación sexual de una persona es todo un issue en la campaña o por qué en este país hay quienes creen que un presidente debería tener como compañera ideal a una mujer tipo “reina de belleza”.

Llamativo resulta también que el mismo Nicolás Maduro, grite “becho, becho” en tarima, antes de rozar con su bigote los labios de su mujer, Cilia Flores, ante los aplausos de sus fans para demostrar que la quiere. Lo que debería estarse cuestionando no es si el amor de Cilia y Nicolás es real o fingido, allá ellos, sino lo inconveniente que resulta que la señora Flores, que viene de ser Procuradora General, un organismo que en teoría debería servir como contrapeso del Ejecutivo, ahora sería primera dama.

Pero nada de eso se debate, como tampoco se abordan a profundidad los problemas económicos, la seguridad, la impunidad, entre otros temas bien urgentes en Venezuela. Es más entretenido especular qué tan llena estuvo la calle de simpatizantes, cuál vedette siliconada de la farándula criolla es más escuálida o chavista, y qué nuevo insulto o chiste de doble sentido saldrá de la boca de cualquiera de los candidatos para satisfacer la emocionalidad de un país telenovelero que ha convertido la política en recocha.

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