El fin de la felicidad

Al llegar a Venezuela hace tres años abrí este blog. Lo bauticé en honor a Gabo, “Cuando era feliz e indocumentada”. El título tiene algo de nostalgia para el escritor y le hace juego a ese dicho tan venezolano: Cuando éramos felices y no lo sabíamos. Después de lo que sucedió la semana pasada, cuando miles de colombianos fueron deportados, (la xenofobia ha estado latente por años pero ésto es un cálculo electoral del gobierno) creo que la felicidad en Venezuela llegó finalmente a su fin, o ha quedado postergada, para esos colombianos y para mí.

No creo en patriotismos, no me siento más colombiana o menos por lo que les sucedió, no me siento herida en un orgullo nacional que la mayoría del tiempo carezco. Nadie me deportó, no me derrumbaron mi casa, ni huí por entre el río con lo poco que pude a cuestas. Pero escuchando los testimonios de estas personas, me reconocí en ellos porque he sentido también el peso aplastante de un país que aún se llama Venezuela pero ya no es el mismo.

Pudiera haber archivado estas fotos, como tantas otras que he ido acumulando en viajes periodísticos y se han quedado sin publicar. No soy reportera gráfica, tomo fotos para el recuerdo, para dejar constancia, para que mi memoria visual no me traicione cuando trato de escribir sobre los hechos. Pero esta vez he decidido compartirlas, junto con el testimonio del alcalde de Cúcuta, Donamaris Ramírez. Sus palabras las recojo porque cuando otro periodista y yo lo abordamos al borde del río, él estaba viendo y escuchando lo mismo que nosotros por primera vez. Y creo que en ese momento, mientras intentaba darnos una explicación como autoridad, trataba de explicarse a sí mismo lo que sucedía en una frontera que ya no era la misma.

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Chavismo en puntas de pie

Alguna vez quise ser bailarina de ballet. Sobre todo a los 9 años, cuando iba dos veces por semana a donde la profesora Estela, una bailarina retirada que tenía un estudio improvisado en el garaje de su casa. Era un juego de niños, más bien de niñas, en trusas rosadas y zapatillas con lacitos, que girábamos y brincábamos sin ningún tipo de coordinación o gracia, al ritmo de cualquier pieza clásica de algún compositor ruso o francés. Eramos felices practicando coreografías que creíamos inventadas en otras épocas y otras tierras, de príncipes y princesas. Un mundo mágico, feliz, y muy rosado.

Pero eso era 1989, antes de que yo colgara las zapatillas. Antes de que yo supiera lo que era una noticia. Antes de que me interesara la política. Antes de que tuviera mucha noción de un país llamado Venezuela. Antes de que el futuro fuera incierto y rojo. Antes de que se hablara en términos de antes o después de Hugo Chávez. Antes de que existiera el MAIS (Movimiento de Artistas para la Integración del Sur) y el Ejército Comunicacional de Liberación y antes de que las Rosell fueran las Rosell, bailarinas y creadoras de una obra de ballet contemporáneo en homenaje al “Gigante” a ritmo de joropo, cuyo título es De Arañero a Libertador.

El título dice mucho para un venezolano, los extranjeros necesitamos explicación. Arañero es el nombre que le dieron al niño Chávez, el que vendía en el recreo las “arañas” o dulces de lechoza (papaya) que hacía su abuela. Libertador no necesita traducción, pero sí hay que decir que solo los venezolanos tienen esa devoción extrema por Bolívar, y que de todos los presidentes, solo Chávez resucitó su figura para copiarla en cuerpo y alma. El título, entonces, es el resumen perfecto de esa transformación de un niñito de la llanura profunda venezolana, en tonos pastel, que baila en alpargatas y juega béisbol, que crece a la sombra de un árbol mágico, hasta convertirse en un soldado patriota y emancipador de un país sufrido, que pasa en segundos de la oscuridad y el silencio, a los gritos, a los muertos, proyectados en una sucesión de imágenes que recuerdan el Caracazo y al expresidente Carlos Andrés Pérez. Todo a ritmo de tambores, como ráfagas de fusil.

De pronto, el teatro se ilumina y del cielo caen Chávez y los militares en camuflado y boina roja. Descienden por unas cuerdas haciendo unas piruetas acrobáticas formidables. La audiencia, estupefacta, queda encantada con la maroma y aplaude emocionada un golpe de Estado, el del 4 de febrero de 1992, que luego fracasa, como lo recuerda la misma voz de Chávez por los parlantes: los objetivos no fueron logrados “por ahora”. Pero el fracaso es convertido en triunfo, porque a partir de entonces, Chávez ya no es Chávez, Chávez siembra la semilla revolucionaria en el pueblo. Chávez es el rescatista de la historia y el elegido para continuar un legado que quedó interrumpido. Un legado de 500 años de lucha.

Por eso no puede faltar en el ballet la voz (aunque de niña me obligaban a guardar silencio y concentrarme en los movimientos porque el cuerpo tenía que decirlo todo) de los otros héroes de la patria, los revolucionarios originales, los de hace siglos: Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez.

“Amo la libertad de América más que mi propia gloria”, grita Simón Bolívar.

“O inventamos o erramos”, declara Simón Rodríguez.

“Contra la oligarquía, como cuero seco, si nos pisan por un lado, nos levantamos por el otro”, amenaza Ezequiel Zamora.

Chavismo puro. Las tres raíces que confluyen en el árbol, el samán que inspira el pensamiento revolucionario del Comandante, sumado a la bendición del espíritu de Maisanta, con quien baila zapateado a ritmo de arpas bajo los reflectores de una luz intensa y amarilla. Magia pura.

No aparecen otros espíritus políticos y otras sombras socialistas, ni las batallas que sí le permitieron llegar a Chávez al poder y mantenerlo: las electorales. Supongo que es demasiado aburrido inventar un ballet con gente saliendo a votar. Lo importante es la épica del héroe, no el marketing del candidato. Al final, antes de caer la cortina, Venezuela es un país que baila feliz. Así es que se construye un mito. Aplausos. El público emocionado grita: “Chávez vive, la lucha sigue”.

Y que siga la función, señoras y señores. Que siga el circo sin el pan. Con la caída de los precios del petróleo, lo que viene es joropo, no un pas de valse.

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Venezuela daltónica

Alguna vez lo fui. Una rubia dorada. Una monita o catirita, o güerita. A los cuatro, sin embargo, mi cabeza ya había pasado del punto de caramelo a un melao oscuro. Me transformé en lo que las revistas femeninas extranjeras llaman “brunette”, a pesar del champú de manzanilla que me compraba mi abuela, una colombiana petite con un aire a lo Bergman.

“Ninguna de las dos fue capaz de sacar mis ojos azules”, nos dijo ella a mi hermana y a mi, medio en broma y medio en serio, mientras la veíamos una mañana, maravilladas, pintándose los párpados ante el tocador, donde tenía un espejito de madera, sospechosamente similar al de la madrastra de Blanca Nieves. Blanca se llamaba mi bisabuela y se llama mi mamá. Ambas se parecen más a la muñequita de la película clásica de Disney, que a la abuela con tonos de sueca. Y mi hermana y yo salimos como mi mamá. Blancuzcas, sí, pero con los ojos verdes, no azules, y el pelo un poco más oscuro. Así, aleatorios, son los genes.

Como en la familia materna hay tantos rubios, en algún momento sentí la obligación de serlo. Antes de los 20, ya estaba “iluminándome” la cabeza con químicos. Unos rayitos que dan luz pero te destruyen el cuero cabelludo y te quiebran las puntas. Ese fue el primer experimento capilar, por presión familiar y por probar si era cierto que las rubias se divierten más. No creo que la pasen mejor que las morenas, pero sí llaman más la atención por estas latitudes, donde no es natural, pero en donde se ha reproducido aceleradamente un híbrido: la pelipintada con agua oxigenada y raíces negras, que se destaca imitando a una europea.

Yo he pasado por italiana, argentina, francesa, española, israelí y me han dicho gringa en mi propio país. Fue en Quibdó, la capital afro del Pacífico colombiano, que no es que sea muy turística, y mucho menos de extranjeros. Mi color llamó la atención a unos niños que jugaban en el puerto y me saludaron con “hello”, en vez de “hola”. Se sorprendieron cuando les hablé en colombiano, pero con un tono más frío.

Donde me he sentido más exótica, caribeña y latina, fue en Dinamarca, donde viví por unos meses y notaba ciertas miradas gélidas, no tanto por mi apariencia o mi danés inservible, sino cuando subía el volumen de la voz, demasiado alto para una cultura en la que el espacio personal, la introspección, y las barreras, hasta de sonido, tienen límites estrictos. Por fortuna, se les olvidan con el alcohol.

Ser de una manera u otra no es solo cuestión de genes, también es una forma cultural aprendida y puede mutar. En Venezuela, donde la política tiñe todo tan intensamente, cambiaron los colores, especialmente el rojo. El “rojo chavista” saturó algunos ambientes. En otros, es prácticamente inexistente. Tal vez sea uno de los resultados más visibles de la revolución, y no es solo cuestión de tono, es la actitud, la forma de expresarse. Queda como mera anécdota, un baladí. Quizás por eso no cuenta. Pero cuenta tanto.

Me contaron desde que llegué a este país -muy entre nos- que había marcadas diferencias estéticas entre los seguidores de una tendencia u otra. Unos son más feos o más bonitos, más blancos o más negros, más finos o más rancios, más venezolanos o menos venezolanos. La moda neobolivariana, en tiempos de Chávez y Osmel Sousa, se diseñó a partir de prejuicios de clase y de raza -construcciones artificiales con motivaciones políticas y económicas que se han conservado en formol- y que ninguna revolución, ni política, ni sexual, ni científica -y mucho menos de estilo- ha transformado ni aquí ni en ningún otro lugar.

De todos los países, sin embargo, Venezuela podría ser uno de los más daltónicos. Incapaz de ver los matices. Lo entendí hace unos meses cuando fui a una convocatoria del partido de gobierno. No tenía camiseta roja, rojita, ni la de los ojos del “Comandante eterno”, ninguna insignia del PSUV y no portaba la gorra deportiva tricolor, con la marca del 4F, que es lo único que la distingue de la gorra enemiga. Alguna vez escuché al propio Nicolás Maduro decir que había sido un diseño original de Diosdado Cabello.

Tenía mi pelo suelto, unos jeans y una camisa negra abotonada hasta arriba, porque a diferencia de las venezolanas, a mi me cuesta ser tan democrática con mi escote. A pesar de eso, me fue bien en el evento. Nadie me dijo que no llevaba el atuendo apropiado o que tenía que vestirme con un color específico o peinarme distinto para poder estar ahí. No sabría decir si la razón por la cual pocas personas me hablaron era porque estaban concentradas en lo suyo, porque quizás son tan tímidos como yo, o porque tenían desconfianza, más que por la pinta, por andar tomando apuntes.

Las apariencias no engañan, engañamos cuando aparentamos. Y yo, ese día, fui yo misma. Al salir de allí me encontré con un opositor al que le conté donde había estado. Me abrió los ojos incrédulo y cuestionó por qué me había ido a “meter allá”. Otra opositora me preguntó si todo había “salido bien”. No entendía a qué se referían, hasta que me lo dijeron: parezco una “catira sifrina de Altamira”. En otras palabras, según ellos, tengo la apariencia de la caraqueña, rubia, de clase alta, esa que, según ellos, podría correr peligro en un mitin político chavista.

Además de catira, me verían como una escuálida, pitiyanki, vendepatria, burguesita, explotadora, sifrinoide, parasitaria, guarimbera, golpista, hija de la IV. Si yo fuera todo eso, es poco probable que quisiera mezclarme con unos enchufados, brutos, balurdos, malandros, locos, trasnochados, tarifados, guerrilleros y endemoniados de mal gusto. Una “catirita majunche” metida entre la “ralea roja” resultaría muy peligroso. ¿Peligroso para quién? ¿para ella? ¿para ellos? Para ambos.

Para la tranquilidad de las dos especies que habitan la Venezuela actual -potencia mundial en manipulación estética- decidí dejarme el pelo al natural. Espero que mis visos rojizos originales no sean motivo de sospecha, que no les rayen la cabeza. El rojo es uno de los colores más intensos, pero también es de los más difíciles de asimilar para quienes tienen incapacidad visual. Lo sé muy bien. Soy hija de un daltónico.

*De ñapa, la primera “tonada” que me aprendí por ir a cubrir marchas oficialistas.

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Adiós a los chéveres

Un venezolano chévere que va por el país, disfrutando sus bellezas y promocionándolas….” es la línea introductoria de Cheverito, un muñequito animado creado por el Ministerio de Turismo de Venezuela. El chamo, vestido con una gorra y sonrisa permanente, va acompañado en sus aventuras turísticas nacionales por Eco, una burbuja azul flotante, tipo Pepe Grillo, y un personaje clave porque es la “consciencia” de esta campaña de marketing para posicionar a Venezuela como “el país de la gente chévere”.

Eco le pregunta a Cheverito: “¿Qué significa chévere?” El personaje de comiquita se sale por la tangente y contesta que las playas, las montañas, los médanos, las ciudades y ciudadanos de Venezuela son “chéveres”, pero no define qué es eso de la “cheveridad” ni se declara él mismo como el perfecto ejemplo de quien posee esa cualidad. Pareciera que a Cheverito le cuesta asumir su mito identitario. Quizás es consciente que es el representante de ficción de un gobierno que quiere proyectar una imagen falsa y estereotipada de su gente, que en realidad puede que ya no exista.

Tomado de Las Aventuras de Cheverito Mintur Venezuela

Tomado de Las Aventuras de Cheverito Mintur Venezuela

En Venezuela está escaseando la gente chévere, además de la comida y los medicamentos. La falta de cheveridad, además, es algo contagioso. Se me ha pegado a mi y a otros amigos extranjeros que aunque no tengamos cédula, sentimos y compartimos las mismas penurias, dificultades diarias y experimentamos frustración. Entre todos nos irritamos, nos agobiamos con tanta quejadera, y vivimos o sobrevivimos en un ambiente tóxico, que se siente con más ahínco en los consultorios médicos, los bancos, los buses o en twitter. Ultimamente llevamos nuestras caras largas y voces de melodrama a los almuerzos, los cafés y escasos encuentros con amigos que con mayor frecuencia están terminando en desencuentros.

Creo que la única diferencia entre quienes nacieron aquí o llegaron a este país mucho antes y yo, es que no tengo que lidiar con ese sentimiento de nostalgia por ese tiempo pasado mejor que existió y que nunca me ha tocado. Y no creo que solo los opositores de clase media y alta sientan eso. Muy pocos chavistas, por más matriculados que estén con la Revolución, podrán decir que hoy viven mejor que hace cinco años. Las encuestas, aunque con otras palabras, muestran que gran parte ha asumido hoy esa actitud catastrofista de que todo puede empeorar, incluso en un país de rezanderos.

Lo curioso es que lo peor ya existía cuando llegué hace dos años. Venezuela ya era el país de los malandros que roban y cobran víctimas a punta de gatillo. La de un odio que parece irreconciliable entre chavistas extremistas y opositores radicales. La de las colas para entrar a un mercado sucio y desordenado donde a veces hay papel higiénico pero no hay desodorante o aceite. La del racionamiento de agua, de cortes de luz y atención al cliente inexistente. La de un servicio de buses insuficiente y vagones de metro a reventar de patanes que empujan al montarse. La de restaurantes que te ofrecen lo que tienen y no lo que quieren. La Venezuela donde aún hay vida, pero cada vez menos calidad.

A pesar de todo eso, y aunque soy perfectamente consciente de que la crisis económica y política se profundiza cada vez más, aquí he sido feliz. Obviando algunos incidentes personales, si no me dejo arrastrar por la presión de grupo y el negativismo de los demás, solo para no sentirme como una extraterrestre, la mayoría del tiempo lo sigo estando. Pero cada vez me siento más aislada, porque algunos de los locales y extranjeros que conocí cuando llegué y que me parecieron tan chéveres, inteligentes, abiertos, divertidos, emprendedores, luchadores, se han ido. Los extraño, pero extraño más a los que aún están aquí, pero están como ausentes.

Mi estrategia para sobrellevar la falta de cheveridad, propia y ajena, era escaparme por unos días a otro lugar. Pero ante la inflación y la escasez, hasta de puestos de avión para salir volando, se volvió insostenible. He optado entonces por otra alternativa: refugiarme. Al menos un par de horas a la semana me dedico a la literatura, el cine y la música, mis compañeros constantes, mis aliados de siempre. Los que serían incondicionalmente chéveres y nunca se irían de Caracas o Jartum. Gracias a ellos he aprendido últimamente a tomar distancia de los problemas del país y de tantos de sus habitantes, que sienten la situación nacional tan intensamente que la han asumido como si fuera personal. No puedo juzgarlos por hacerlo, cada quien escoge como lidiar con sus problemas.

Lo que yo no quiero hacer es seguir contribuyendo a la mala gana colectiva, participando en esta competencia por demostrar quién sufre más, que además creo que voy a perder siempre. No escribo esta entrada para convencer a nadie más de hacerlo o como recurso de auto ayuda. Lo digo simplemente porque ya es hora de decirlo. Abandono el juego lastimero, no el país. Y mientras esté aquí haré lo posible por no dejar que mi estado de ánimo sea la consecuencia de unas causas externas que no controlo, y sobre las cuales, además, como extranjera, jamás podré decidir o cambiar.

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Nacionalismo light

Allí estaban. Tantos colombianos que normalmente pasan desapercibidos, algunos sin papeles, y se estaban boleteando. Había más gente en el metro con la camiseta de la Selección Colombia que durante todos los partidos del mundial. Además de tener la cara pintada, algunos llevaban sombrero vueltiao, y unos pocos, poncho paisa.

¿El motivo? La fiesta del 20 de julio, fecha en que los colombianos celebramos que un tipo no le quiso prestar un florero a otro para una cena, y que según lo enseñan en los libros de historia, ese fue el inicio de la lucha por la independencia nacional. Quizás ahí está la esencia de lo que somos. Que alguien se “sintiera” por un florero, puede ser la explicación madre a tanto tropel innecesario que ha existido desde entonces entre colombianos. Dos siglos después, conmemoramos ese espíritu sacando la bandera.

No vi banderas ese día afuera de las casas o las ventanas, quizás porque estamos en un país hipersensible a su propio nacionalismo. Pero a la entrada de la fiesta -antes de pasar por la debida requisa- había vendedores ambulantes que vendían camisetas y sombreros tricolor, películas o novelas colombianas, música, manillas, entre otros.

Supongo que hubiera podido engalanarme un poquito con toda la oferta, pero no quise. No iba para celebrar la independencia, o movida por la nostalgia del terruño y la necesidad de compartir esa “colombianidad” con tantas personas. Seré sincera, fui a ver si encontraba un plato de lechona o un pandebono. Así de light es mi nacionalismo luego de que nos eliminaron del mundial.

No puedo sentir orgullo patrio ni tomarme la nacionalidad en serio, si en la fila que hice para comprar una arepa e huevo y una gaseosa,(no encontré pandebono y llegué tarde a la lechona) tuve que defender mi puesto de otros compatriotas que estaban aplicando esa máxima nacional de que el vivo vive del bobo. Era tal la fila que me preguntaba si todos los colombianos están pasando hambre en este país o si todos somos garosos. O quizás el patriotismo realmente es solo un antojo culinario.

Lo otro que se me ocurría al ver a la gente bailando feliz es que la nacionalidad no es más que una canción. No puedo explicar de otra manera que uno de mis compatriotas luciera una camiseta estampada con una foto del hampón que fue Diomedes Díaz y cantara con sentimiento la letra del ídolo vallenato: “Por eso la plata que cae en mis manos la gasto en mujeres, bebida y bailando….” Su felicidad era mi desdicha.

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La Constitución dice que todos los colombianos tenemos los mismos derechos y que somos un país “pluriétnico y multicultural”. En otras palabras, nos toca convivir. Digo que nos toca, porque cada uno es el tipo de colombiano que es por una cuestión de suerte o por accidente. Asumimos la identidad que sea que nos tocó y tratamos de entender por qué los otros colombianos son como son,(siempre se nos olvida que es porque les tocó) y tratamos de aceptar que unas fronteras, arbitrarias y accidentales, nos enmarcan a todos en una misma categoría.

En mi día a día en Caracas, me he encontrado con muchos compatriotas con quienes comparto una condición adicional, esa de ser una inmigrante más en Venezuela. Algunos llevan más de 20 años, entre ellos Alejandro, un barranquillero que alcanzó a vivir el sueño de la Venezuela Saudita. Montó su negocio de taxis y prosperó, pero ya de viejo quiere regresar a Colombia. Siempre hablamos de salsa y cada vez que me recoge en su carro, me pone un disco nuevo con canciones que le graban y le envían sus familiares desde Curramba.

A Mirta la conocí en la primera peluquería que visité en Caracas. Se casó con un venezolano y se quedó. Su marido es tan chavista, que le colgó un cuadro del Comandante en la sala de su casa y ella lo aceptó para que no se le dañara el matrimonio. Pero ella hubiera votado por la oposición si tuviera la nacionalidad. No la quiere, prefiere irse un día a los Estados Unidos, donde vive su hija mayor. La última vez que la vi, ofreció darme uno de los tarros de aceite que había comprado ese día en el mercado.

A Nore la veo todas las semanas. No tiene horario fijo, me avisa cuando puede pasar a limpiar la casa. No le he preguntado cuantos puestos tiene como empleada de servicio, pero sé que no para de trabajar. De ella dependen tres hijas adolescentes. Con frecuencia hablamos de política, de economía, de los venezolanos, de los colombianos, y todas las veces me pregunta que si sé algo de las remesas que el gobierno prohibió porque un buen número de compatriotas estaban haciendo tremendo negocio con ellas. El gobierno se la pilló, eliminó el mecanismo y jodió a gente como Nore, que realmente necesita enviarle dinero a su familia en el Magdalena todos los meses.

Son contadas las veces en que me he encontrado con otros colombianos y no terminan contándome sus historias de inmigrantes. A veces porque les pregunto, a veces porque me la ofrecen, solo porque nacimos en el mismo país. Quizás porque buscan simpatía, comprensión, trabajo o puede ser que quieran darme una lección. Ser extranjeros en este país ha sido mucho más difícil para la mayoría de lo que ha sido para mi.

Lo entendí un día que una venezolana me dijo que por el color de mi piel y por tener los ojos claros, podía pasar por argentina, española o italiana, pero no por colombiana. El comentario, que tenía la intención de halagarme, era un testimonio sutil de los prejuicios raciales y sociales que hay entre algunos venezolanos contra millones de colombianos. Muchos de ellos son costeños, de piel morena. Llegaron a este país buscando oportunidades laborales para salir de la pobreza o escapando de la guerrilla o de los paras.

En esas condiciones, no hay como tomarse la nacionalidad tan deportivamente. El país lo llevan a cuestas, y aunque lo dejen, les pesa. La fiesta del 20 de julio quizás sea la única vez al año que tienen una excusa para celebrar, aunque sea, el hecho fortuito de haber nacido en Colombia.

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Estoy enamorada

No podía ser de otra manera. Con mi camiseta brillante, comprada en un mercado callejero, me senté frente al televisor a ver el partido Colombia-Japón. Confieso que estaba algo incómoda. La franelita, como le dicen en Venezuela a la camiseta, me quedaba estrecha de talle y corta de mangas. Era talla 10, pero de niño. El vendedor dijo que no había más. Así que, como decimos los bogotanos, figuró. Metería la barriga y me arremangaría hasta el fin del mundial. No lo haría por moda, ni por patriotismo, lo haría por el equipo.

 

Los primeros dos partidos de La Selección (eso de “los cafeteros” es el cliché máximo de la prensa extranjera) me sorprendieron en Bogotá. El día del 3-0 contra Grecia, trabajaba de productora local para un canal internacional, no para cubrir el mundial y a la fanaticada colombiana, sino porque era la víspera de elecciones presidenciales. Ese Sábado en la mañana, sin embargo, el país (incluidos los dos presidenciables) estaba más pendiente del debut de La Selección que de la elección al día siguiente. ¿Y yo? Yo andaba angustiada, compungida, circunspecta por ese mismo motivo, por el abstencionismo, la crisis política nacional, la guerra sucia en la campaña, el proceso de paz, etc, etc, etc.

 

No sabía lo que estaba a punto de sucederme. Parada, debajo de una sombrilla, apenas si podía ver la pantalla gigante ubicada en pleno Parque de la 93, porque cada día veo menos de lejos, porque había demasiados hinchas a mi alrededor, porque estaba más pendiente de la transmisión del directo de la periodista -que tenía que hablar sobre fútbol y política- que de La Selección y sus goles. Pero, a pesar de todo eso, y de esa pertinaz lluvia capitalina que se te mete hasta en los ojos, los vi. Los 3. En la malla.

 

Con cada gol me importaba cada vez menos el comentario en vivo de la corresponsal, mis pies mojados, mis manos heladas y me olvidaba del lumbago que aparece cada vez que paso más de tres horas de pie. No me importaba el ruido de pitos, vuvuzelas y gritos, que normalmente me provocarían un mal genio de miedo, ni la espuma irritante que un par de apasionados empezaban a rociar como si estuvieran fumigando plaga. Lo importante era La Selección, y al final del partido, ver como un grupo de colombianos, a los que realmente no me une nada porque no los conozco (no creo en estereotipos sobre la colombianidad o cualquier otra nacionalidad) bailaban cumbia al ritmo de un tambor improvisado. Los observaba, porque estaba trabajando, pero quería ir a bailar y a tocar tambor con ellos. Se me erizaba la piel y no de frío. Ese partido había sido mi rito de iniciación en este mundial. Me había hecho hincha irrefutable de La Selección.

 

Ese mismo día salí a comprar la camiseta del equipo colombiano, seguramente hecha en China. La estrené apretadita -con la esperanza que cediera- para ver el partido contra Costa de Marfil en casa de unos amigos. Me senté en el piso para estar más cerca a la pantalla. Suspiraba al ver la musculatura perfecta de los africanos y sufría cuando llegaban cerca del arco del portero Ospina. Sufría y suspiraba, suspiraba y sufría. Hasta que ganamos.

 

La sensación de triunfo, de alegría, de paz total, mezclada con alcohol, nos hicieron soñar a los que compartimos ese momento que era posible pasar a octavos de final, a cuartos, la semifinal, de una vez llevarnos la copa del mundo……….. ¿Y luego?……¿Por qué parar?…… Ponerle fin a 50 años de guerra…… Si podemos ganar un mundial de fútbol se puede hacer la paz……. El país unido, aunque sea por deporte…… Ya no con la mentalidad del profesor Maturana, que decía que “perder es ganar”…… Colombia ya no es cuestión de fe, su destino no depende de un milagro, un santo, o Santos…. Es cuestión de trabajo, disciplina, esfuerzo…….. Es la mentalidad del técnico Pekerman, aunque sea argentino ….. debería ser nuestro presidente…..

 

Cuatro días después, aún embriagada por esa extrañísima sensación de que todo es posible, gracias a La Selección, salí de Colombia rumbo a Caracas cargada de nostalgia. Por primera vez desde que me acuerdo, no quería irme del país. ¿Al fin se empezaba a componer?

 

Lo primero que había empacado en la maleta, era la camiseta. Me la puse al día siguiente, pensando en La Selección, en James, en Cuadrado, en Armero, en Jackson, en Aguilar, en Zúñiga, en Yepes, en Ospina, en los 11, y en que quería verlos bailarse a esos japoneses, como se baila salsa en Cali y cantar los goles con todo y comentario trillado al final: Gooooooooooool y que no me esperen en la casa.

 

Antes de que empezara el juego, salí a comprar algo de comer. En la calle me encontré con otro colombiano, celebramos de antemano, solo porque nos reconocimos por la camiseta. Pero también me encontré con el comentario de un venezolano que al verme dijo: “Esta tarde bajarán los índices de delincuencia en Petare”, y se rió. No le dije nada. Solo pensaba, ojalá. Ojalá en Petare, en las comunas de Medellín, en Aguablanca en Cali, en Ciudad Bolívar en Bogotá, en las favelas de Brasil, en las villas miseria de Argentina y en todo América Latina los más de los mases en los barrios, independientemente de su nacionalidad (que insisto, es un accidente, no un rasgo definitorio de la personalidad) se inspiraran viendo a los muchachos de La Selección. Y me acordé de las cuñas que pasan en Colombia, mientras van narrando el partido: “Guerrillero, desmovilízate ya”. Ojalá.

 

Ya en mi casa, al borde del sofá, oyendo a los comentaristas venezolanos, obsesionados porque el nombre de nuestro crack James se pronuncia “James” y no “Yeims”, extrañaba la lengua hiper rápida de los narradores colombianos, esos a los que se les quedó la maña de contar el partido por televisión, como si estuvieran narrándolo por radio. El zumbido, que resulta la mayoría de las veces exasperante, lo echaba de menos en la voz de William Vinasco Che, “narrando con caché”.

 

Ese martes, dejé escurrir las lágrimas sobre la camiseta. Lloré al ver a Mondragón, a sus 43 años, atajando un balón que quería colarse en su portería en los últimos minutos. Lloré al ver que Jackson Martínez, “Chachachá” hacía 2 goles que dedicaría al departamento más olvidado del país. Lloré al ver a los nipones rendirse, pararse como samurais ante su público, derrotados en su honor. Lloré, sola en Caracas, pero sintiéndome más acompañada que nunca por millones de colombianos y algunos extranjeros que sentían la misma alegría que yo.

 

Cinco días después, estaba de nuevo frente a una pantalla. Aunque estaba en la playa, no podía faltar a la cita con los 11 de La Selección y el viejo Pekerman. Así que desde un restaurante playero, al borde del mar Caribe, gritaba de emoción, me paraba de la silla y aplaudía sin importarme que fuera la única hincha. No podía dejar de ver, como hipnotizada, a james, nuestro hombre 10, corriendo por la cancha. Llegó su primer gol, luego el segundo por gracia del cabezazo de Cuadrado. Y gracias al firme Yepes, al grande Ospina, y a todos los demás que fueron más hombres y más nobles que los uruguayos, La Selección le permitiría seguir soñando a los colombianos, incluso a los que adolecemos de falta de orgullo patrio y somos alérgicos a los nacionalismos.

El domingo en la noche, tuve una conversación muy seria, de larga distancia, con mi familia en Colombia. No podía parar de hablar de La Selección. Y entonces caí en cuenta de lo que me estaba pasando. Sacrificar el sol y el mar, aguantar frío y dolor, soñar con un futuro mejor, que todo es posible -incluso la paz- llorar de alegría, sentir que se me eriza la piel, pero sobre todo, ponerme la camiseta, una y otra vez aunque me quede chiquita, solo puede ser posible porque estoy enamorada. No es un hombre esta vez, son doce, La Selección Colombia y su técnico argentino.

 

 

 

 

 

 

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Gabo, mi maestro surreal

Realismo mágico. Solo así puedo describir lo que he vivido desde que tomé la decisión de viajar a Venezuela a trabajar como periodista. En todo este tiempo, pero desde antes, Gabriel García Márquez me ha estado acompañando. Por eso su pérdida la he sentido en lo más hondo del alma y por él he llorado como si hubiera perdido a uno de mis grandes amigos.

Nunca lo conocí en vida, lo conocí en libros. Me lo presentó una de mis profesoras de español en el colegio. Tendría unos 11 o 12 años y como muchos de los que fuimos educados en Colombia, lo primero que leí fue su Relato de un náufrago. Tengo una memoria inservible para recordar lo que leo, lo cual en realidad es una ventaja porque puedo leerme el mismo libro varias veces y sorprenderme tanto como la primera. Lo que sí recuerdo, aún hoy, es que ese reportaje periodístico me hizo temerle al mar. Es justamente porque me sembró el miedo a quedar a la deriva que sé que Gabo no era únicamente un cronista. Era un señor escritor.

El amor en los tiempos del cólera me llegó un poco después y me enamoré de la idea del amor romántico. Sucedió justo cuando descubrí que uno de mis compañeros del colegio tenía el poder de acelerarme el corazón solo con mirarme desde su pupitre. Durante años suspiré por él, y fiel a ese espíritu romántico, nunca se lo dije de frente. Antes de graduarme del bachillerato, le dejé un mensaje en código que quizás aún no ha descifrado.

A Cien años de soledad lo encontré en el periodo más solitario y oscuro de mi vida. Sus páginas me permitían estar en el Caribe, en ese Macondo mágico y trágico, y no en ese horrible sillón de flores en el que me sentaba por horas a leer al lado de una ventana, a la que nunca le entraba suficiente luz. Ese libro era mi primavera y verano en medio de un otoño y un invierno interminable, y de un frío de muerte que sentía, adentro y afuera.

En cambio la Caracas que conozco es un derroche permanente de energía. Así también lo percibió él cuando dijo que le gustaba “su locura sin límites y su sentido experimental de la vida”, enmarcada por el Avila e iluminada por un sol constante y un cielo interminable. A esta ciudad, al igual que yo, llegó un Gabo, treintañero y extranjero, a trabajar como reportero en un momento histórico. Su primer domingo en la ciudad se levantó con una extraña sensación de que algo iba a pasar. Horas después sería testigo de la caída del régimen del dictador Marcos Pérez Jiménez. Y le tocó tan de cerca, que terminó para siempre obsesionado con el poder. No de otra forma podría haber escrito El otoño del patriarca.

Yo llegué a Caracas en marzo, cuando se caen las hojas de los árboles, lo que le da a esta ciudad caribeña cierto aire otoñal. Aire que estaba enrarecido por el misterioso estado de salud del presidente Hugo Chávez Frías, ese patriarca tropical que moriría a los dos días de mi arribo. Me enteré de la noticia en el momento exacto en que escribía la primera entrada de este blog, que existe precisamente gracias a la inspiración que encontré en los reportajes que Gabo escribió cuando trabajo aquí, Cuando era feliz e indocumentado.

Como La infeliz Caracas, la describió el maestro en un breve texto, lleno de nostalgia por esta ciudad en la que nunca más vivió, pero en la que le pasó tanto: “Me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela.”

¿Y yo? Entendí que un instante puede ser tan conmovedor como un para siempre. Fui la espectadora de esa puesta en escena permanente llamada revolución. Arrastré mis maletas por tres casas diferentes. Me quedé atascada entre marchas políticas y barricadas. Terminé artículos que nunca fueron publicados. Constaté que la escritura y la literatura son mi necesidad fundamental y que ser periodista es el mejor oficio del mundo. En un mismo día, y con minutos de diferencia, dos motos distintas me dejaron el recuerdo calcinante de sus tubos de escape en la piel. Y me di cuenta de lo mucho que me apasiona la política, a pesar de la incapacidad de los políticos.

Podría seguir enumerando cada uno de los libros, de los cuentos, de los relatos y palabras del Gabo, que por esas coincidencias de la vida, me han llegado en el momento justo. Y soy una afortunada porque aún me falta leer y releer varias de sus obras, entre ellas sus memorias, Vivir para contarla. La empecé a devorar hace dos semanas, luego de una conversación con alguien que se pasó una mañana entera pensando por qué su literatura lo había marcado tanto. Horas más tarde me lo dijo, y al repasar las lecciones de vida que me ha ido dejando el maestro, concuerdo con su lectura. La vida, a través de los ojos de Gabo, es algo inevitablemente surreal.

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