¿Algo va a pasar?

Venezuela me ha enseñado a convivir con el miedo. Aún no me acostumbro a él, pero ya lo acepto como algo inevitable, rutinario. Su sombra empieza a treparse por dentro, costilla por costilla, dificultándome un poco la respiración, hasta llegar al centro, donde lo espera el corazón rugiendo, como mostrándole los dientes para que se aleje. Y efectivamente, se va, sigilosamente. Pero deja constancia que en cualquier momento volverá, porque cuando menos lo espere, “algo va a pasar”.

La frase la vengo escuchando desde que llegué a este país y describe un sentimiento colectivo y contagioso. La nación cree que se va a “descoñetar”, “ ir por un barranco”, “al despeñadero”, como si la venezolanidad andara sobre un par de patas enclenques, destinadas a tropezarse por un precipicio. En el porvenir no hay opción distinta al “desmadre”, “estallido”, “guerra”, “golpe”, porque el conflicto político no puede terminar con un suspiro de alivio tras un apretón de manos. Quienes se preocupan por la historia en este país (cada vez son más) argumentan que esto solo puede terminar mal. Por ahora, no ha pasado. Pero las imágenes del mismo Hugo Chávez por todas partes recuerdan que los “por ahora” hay que tomárselos en serio.

Los primeros meses aquí no sentía tanto temor y pensé, ingenuamente y soberbiamente, que era por ser colombiana. Tengo recuerdos de infancia de los bombazos del narcotráfico de los 90, estuve en un retén de la guerrilla, y como periodista, he escrito más de una decena de historias de víctimas y victimarios del conflicto armado. Creía que tenía el cuero duro y que las quejas de la inseguridad, los atracos, y los crímenes de la delincuencia común que contaban mis amigos venezolanos me resultaban exagerados y jamás comparables con el nivel de violencia que por décadas ha campeado al otro lado de la frontera.

Pero no duele menos el tiro de un atraco callejero o de bala perdida que el de una operación militar o un ajusticiamiento. Puede ser igual de apabullante caminar en una zona donde hay minas antipersona a estar metido entre la turba, en plena manifestación política. Puedes sentirte tan intimidado con la amenaza telefónica de un cacique político corrupto colombiano, como con la voz de un funcionario de tercera de un ministerio del gobierno venezolano. Así que no es ninguna virtud sacar callo, y no me ha servido de nada, ni aquí ni allá, hacerme la macha y decir que algo “no me da miedo”.

No soy inmune. Hace unos meses me acosté a dormir temprano. A media noche me desperté sobresaltada porque me pareció escuchar una explosión. A pesar de las cortinas, se había iluminado el cielo. Imaginaba que había sido una bomba lanzada por militares golpistas al aeropuerto de la Fuerza Aérea de La Carlota. Corrí a la ventana y me di cuenta que llovía. Solo había sido un rayo.

Hace menos de dos semanas, me pasó algo similar. Me desperté por un ruido ensordecedor de pólvora y cohetones a media noche. No sabía que los fanáticos del equipo de béisbol Magallanes estaban celebrando el partido final de la serie. Sólo pensé que ese “algo” estaba “pasando”. Fue después de revisar los mensajes jubilosos de fanáticos en twitter que entendí por qué era todo el alboroto.

Trato de ser tan racional como cabe en este país de paranoicos, pero confieso que cuesta mantener los nervios intactos (y es imposible decirle al cerebro que se mantenga firme cuando estoy durmiendo) cuando el mismo presidente habla cada tercer día de conspiraciones, atentados, golpes, planes magnicidas y al mismo tiempo dice que será “implacable”, que no le importa que lo tilden de “dictador”, y alza el tono de voz cada vez que amenaza a sus enemigos y les advierte que “no me subestimen”.

Y al chavismo no hay que subestimarlo porque ha mostrado ya su capacidad de ejercer dominio sobre los demás, violando todo tipo de reglas y cometiendo arbitrariedades. Y tampoco hay que subestimar a ciertos sectores de la oposición, que son capaces de acudir a métodos igual de extremos y de radicales para provocar. Porque sí, en este país los locos militan en todos los bandos.

La semana pasada fui a un foro académico sobre economía. El chiste en la puerta de entrada, cuando le entregaban un panfleto a todos los asistentes era, “a la salida reclama un fusil”. Me dejó de sonar a broma cuando hubo oportunidad de hacer preguntas a los panelistas y un señor dijo que era necesario hacer una nueva revolución armada. Y en vez de chiflarlo, muchos en el recinto lo aplaudieron.

Al interior de ambos bandos hay divisiones y pareciera que, tanto entre chavistas como entre opositores, las que están haciendo más ruido últimamente son las de los radicales. No hay como saber hasta qué punto estas fracturas pueden terminar atentando contra el gobierno. No hay información y no hay como acceder a ella. Intentamos interpretar correctamente las declaraciones, tratamos de buscar otras apreciaciones. Pero cada vez hay menos periodismo, menos reportería, menos datos. Y cada vez hay más propaganda, más opinión, más especulación. Quizás son los ingredientes perfectos para que ahora sí “pase algo”.

Y mientras convivimos con la amenaza permanente de un enfrentamiento político violento y generalizado (porque protestas aisladas y la represión que las acompaña empiezan a ser cada vez más frecuentes) o se produce un golpe frío, esperamos que esa otra violencia, la del lumpen criminal desbordado, no nos alcance.

Hace dos semanas estuvo cerca. Una banda armada atracó el edificio de enfrente. Se hicieron pasar por guardias de la PTJ y saquearon todos los apartamentos. Desde mi ventana, a oscuras, vi la “operación” de la policía que cerró la calle y corría armada con fusiles y cascos. No arrestaron a nadie. Y “no pasó nada”.

Así que me parece que el miedo es lo único que está pasando en toda Venezuela. Se mete sutilmente, de casa en casa, hasta imponer entre la gente un auto toque de queda. Lo demás, no hay como saber cuándo pasará, si pasa.

About these ads

Comentarios desactivados

Archivado bajo Uncategorized

Los comentarios están cerrados.